Adiós a Oscar Camilión

Conocí a Camilión probablemente menos de lo que cualquiera de quienes estamos aquí para despedirlo.  Apenas lo suficiente para intuir la medida de su alma.  Me avergonzaría mucho el honor excesivo hablar en este momento, si no fuese porque imagino que le complacería y lo divertiría, por el gran cariño que sé que se tuvieron con mi abuelo Marcos Merchensky, y que generosamente extendió a mi padre primero y a mi después.

No corro el mínimo riesgo de exagerar si digo que Camilión fue uno de los mejores de su generación.  Dueño de una cultura amplia y profunda, un sofisticado gusto artístico, un ingenio y talento que permeaban cada conversación con él, siempre interesante.  Una formación profesional rigurosa y completa, y una trayectoria atravesada por los más altos desafíos, responsabilidades y honores que puede tener un hombre público.  Una pluma ágil, fresca, incisiva y de una avasallante precisión conceptual.  Un sentido del humor exquisito, siempre a flor de piel.  Una calidad humana que se adivinaba desde el saludo formal hasta la sonrisa amplia con que acompañaba su trato siempre cordial y atento.   Y todo esto acompañado por la riqueza espiritual que confiere la experiencia de una extensa y intensa actividad política en el máximo nivel en el país y en el mundo, desde tan joven: tenía 30 años cuando fue vicecanciller de Frondizi.  Pocos argentinos deben de haber conocido, tratado e intimado con tantas personalidades de primer orden de la cultura, las ciencias y la política mundial como Camilión.

El desarrollismo pareció haber desaparecido del panorama político argentino durante las últimas tres décadas.  De la escuela de Frondizi, Frigerio y el grupo de “La usina” quedaban apenas algunos exponentes dispersos, entre los cuales destacó siempre, por supuesto, Oscar Camilión.  Resulta melancólico que cada uno de los viejos maestros haya muerto en los últimos años, mientras muy lenta y tardíamente se empieza a valorar apenas en su justa medida esa extraordinaria experiencia política que fue el gobierno desarrollista, en el que confluyeron personas de orígenes ideológicos y políticos tan disímiles.

El recuerdo de Camilión es un orgullo para sus deudos y amigos pero tiene también un significado especial para los desarrollistas anacrónicos como quien habla.  Aún los mejores, como Oscar (o ellos más que nadie, por ser los mejores), pasaron toda su vida política madura padeciendo la frustración de no haber logrado que el país encontrara el rumbo del desarrollo, la consolidación de su status nacional.

Se ha clausurado un ciclo en el país, y alumbra otro diferente.  Resuenan nombres familiares para Oscar.  Rogelio Frigerio integra el gabinete nacional.  Horacio Rodríguez Larreta gobierna la Ciudad de Buenos Aires.  Quienes nos consideramos apenas los retoños tardíos y pequeñitos de ese grupo de luminarias que Camilión integró, además de orgullo sentimos todo el peso de la responsabilidad de hacerles honor y trabajar por la construcción de una Argentina desarrollada e integrada, ese sueño compartido cuya doctrina elaborada hasta el detalle nos legaron, con tanta brillantez, amor al prójimo y patriotismo.

Dios te guarde, Oscar.

(Nota: debo al querido Juan del Azar y a la familia de Oscar el desproporcionado honor de haberlo despedido ayer, sábado 14 de febrero, junto a Vicente Massot en el Cementerio Jardín de Paz).

One Comment

  1. Tuve ocasión de compartir varios encuentros con Oscar y efectivamente era así, un hombre cálido y brillante. Creo que era imposible no simpatizar con el. Muy adecuadas tus palabras de despedida

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