Después del cinismo progresista

El mal que aqueja a la Argentina es el progresismo, que critica la realidad desde las alturas de la moral, mientras repite como una letanía sus expresiones de deseo sobre la economía, la política y la estructura social. Son muy pocos los dirigentes, analistas e intelectuales argentinos que eluden las arenas movedizas de la corrección política.

Ese mismo progresismo que no se anima a la crítica de sus propias formulaciones ideológicas y reclama admonitoriamente políticas de Estado, diálogo y consenso, democracia con república, unidad de la oposición, confianza, políticas de inclusión, ecología y respeto por la diversidad cultural y de género (por mencionar algunos de sus bellos tópicos), enfoca sin embargo la realidad política argentina con cinismo, desesperanza y resignación.

El progresismo, la principal tara ideológica del segmento dirigente, deriva naturalmente en el populismo.  Por eso aunque muchas veces se escandalice por sus  excesos, termina siempre empantanado en las aporías del propio discurso políticamente correcto.

El progresismo desprecia la tecnopolítica por considerarla frívola; ridiculiza la estética de los globos de colores y el mensaje del cambio, que tilda de vacuos.  Prefiere la espesura insondable de las reflexiones de Carta Abierta (y su esterilidad política).  Detesta cualquier cosa que suene a neoliberalismo o derecha, pero admira el pragmatismo, la astucia y el apetito de poder.  Censura moralmente la corrupción, pero se rinde extático ante el ejercicio puro y duro del poder.

Ese mismo progresismo acepta como una verdad metafísica que a este país sólo lo puede gobernar el peronismo, y que intentar la construcción política desde otro continente (o con otras prácticas) es tan ingenuo como infructuoso.  Presume de asumir las cosas como realmente son.  De ser realista.  Y en este gesto de realidad, entra en contradicción consigo mismo, porque debe justificar moralmente que las cosas sean precisamente como son.  Y no son fáciles de justificar.

 

Por fortuna la sociedad siempre es más rica y compleja que lo que pretenden sus ideologías, aún las más fuertes.  Más allá del progresismo y su cinismo, se registra la necesidad y la exigencia del debate así como la esperanza y la expectativa de un cambio genuino.  Por supuesto, este debate no se da en el plano de la disputa electoral, porque los episódicos actos comiciales tienen su propia lógica, que ya no es la de la discusión de programas, modelos o proyectos (pretender lo contrario es precisamente ingenuo o cínico).

El debate, la problematización de la realidad, no es responsabilidad de nadie más que de la dirigencia, de lo que hoy se llaman líderes de opinión, esa franja de personalidades públicas (intelectuales, periodistas, políticos, empresarios) que a veces se ridiculiza tras la etiqueta del círculo rojo.

Por eso, cuando el progresismo le reclama (culposo) a la tecnopolítica el debate que él mismo no puede formular ni dar a fondo, yerra el campo.  La tecnopolítica se desarrolla en el terreno de las consignas, las imágenes, los estilos, orientada a las elecciones.  Es en cambio la dirigencia por sí misma la que tiene que proponer y dar los debates, y hacerlo en un plano que no es el electoral.

En los próximos meses, la dirigencia argentina deberá realizar un gigantesco esfuerzo de imaginación política para diseñar un esquema que devuelva racionalidad a una economía deformada por el populismo, que ha ejecutado en los últimos años un compendio de mala praxis en materia de política económica.  Es necesario terminar con las regulaciones arbitrarias y tender a un sinceramiento de la economía que haga posible recrear un flujo de inversiones, evitando que (como siempre ocurre en nuestra historia) por imperio de la necesidad se desemboque en un ajuste forzado por el mercado.

Esta dirigencia, que puede dar mucho de sí, es la que tiene por delante el desafío de volver a plantear los grandes problemas nacionales después del cinismo progresista.

(Este artículo fue publicado en El Cronista del día 6 de agosto de 2015).

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