Después del kirchnerismo

Decantado el resultado de las primarias y en pleno reacomodamiento de fuerzas de cara a las generales de octubre, el gobierno ha intentado infructuosamente reconciliarse con parte del electorado perdido.  Resultó enternecedor, en ese sentido, observar cómo, en un tardío reflejo, dio una voltereta discursiva y restituyó repentinamente al centro del debate al problema de la inseguridad.  En un manotazo desprolijo abandonó su tradicional discurso progresista y viró hacia el centro derecha con cambios de nombres y una propuesta que descolocó a propios y extraños: la baja en la edad de imputabilidad.

El vuelco no hizo sino mostrar las fisuras del propio oficialismo.  Muchos de los voceros habitualmente más disciplinados se mostraron sorprendidos y terminaron desentendiéndose de la idea o manifestándose abiertamente en contra.  En verdad es tarde para cambios ideológicos.  El peronismo entiende lo que pasa en el fondo y juega rápida y anticipadamente el juego de la sucesión.  A muchos dirigentes les cuesta disimular su voluntad de hacer lo que, en la lógica del poder, hay que hacer: realinearse.

Más allá de las frecuentes denuncias de “golpes institucionales” que emanan desde el oficialismo, es en el propio partido gobernante donde ya no hay dudas sobre el fin del kirchnerismo.  La cuestión es cuándo termina y de qué modo, y depende exclusivamente del vértice del poder político argentino que el fin de ciclo precipitado no se convierta en una profecía autocumplida.

Todos los encuestadores vislumbran una derrota peor que la del pasado 11 de agosto, lo cual de verificarse podría licuar rápidamente el poder del Gobierno y precipitar una crisis política real.  Pero esta posibilidad depende no sólo del factor electoral, objetivo y duro, sino fundamentalmente de las decisiones que se van tomando desde el gobierno frente a los problemas.  La praxis típica de Cristina Kirchner de doblar la apuesta e ir por todo, tan eficaz en el pasado, puede demostrar no ser viable en un contexto como el actual.  Sobre todo sin una economía pujante que ofrezca cierta tolerancia en la sociedad frente a los altibajos de la política.

A diferencia de años atrás, la economía muestra serias alertas.  Al paulatino agravamiento de los problemas estructurales (la crisis de sectores clave como la energía y la infraestructura de transporte, la escasez crónica de inversión) se suma la desaceleración de la economía real por la fatal combinación del atraso del tipo de cambio real, el aumento de los costos internos y las ya anacrónicas retenciones, algo que se hace particularmente patente en las economías regionales del interior.

El crecimiento motorizado en el consumo, financiado por una política monetaria laxa y el aumento del gasto público, encontró su límite en la saturación de la capacidad productiva del país.  Lejos motorizar el crecimiento, por la falta de inversión, cada peso que se emite alimenta la inflación.  Y en verdad, si hay un factor crítico en la economía es el desacertado manejo del problema inflacionario.  Las mentiras del INDEC son el costado grotesco de la política de fondo: mantener los retrasos de tarifas y contener los precios artificialmente con controles y bravuconadas.  Una idea que fracasó en los 70 y que necesariamente va a volver a fracasar, pero además volverá a hacer daño cuando llegue la hora del sinceramiento, como ocurrió con el Rodrigazo en aquella oportunidad.

Que el gobierno no acierte a encontrarle la vuelta al problema del dólar y la tradicional propensión de los agentes económicos a fugar divisas es una prueba de que nadie le cree al valor del peso y que los agentes económicos tienen la memoria histórica que al gobierno le falta.  Sobre todo porque sigue jugando con fuego y emite para financiar el déficit, echando nafta al fuego.

¿Puede agravarse la situación económica general?  La historia indica que en nuestro país las crisis económicas serias siempre han sido resultado de crisis políticas.  Por eso la mirada vuelve al factor electoral y la reacción posterior del gobierno.  Nadie cree, en verdad, que el kirchnerismo vaya a asumir el costo de ordenar la economía.  Semejante gesto de grandeza parece completamente fuera de escena (y esto es un índice de la mezquindad de la política argentina y los problemas de fondo de nuestra dirigencia): los platos rotos los pagará el gobierno entrante.

La pregunta que queda es si se puede esperar una transición sin sobresaltos.  En otros términos, si en medio de un vendaval político, la capacidad ordenadora del peronismo será suficiente para evitar que la crisis se precipite y se manifieste en la economía.  No puede descartarse la posibilidad de que no sea así, y que un gobierno golpeado y sin alternativas, se victimice y se vaya anticipadamente, en medio de acusaciones cruzadas de “golpes institucionales”.

Pero la profundidad de la crisis también ofrecerá pistas sobre el signo político de la sucesión.  El propio peronismo juega sus chances de mantenerse en el poder en su aptitud para ofrecer a la sociedad una salida razonablemente ordenada.  Esto no es fácil, porque implica un sinceramiento de la situación económica, y asumir y encarar problemas estructurales, tarea, por supuesto, no exenta de costos políticos para sus eventuales protagonistas.  Massa y Scioli, los herederos naturales –que por lo demás cuentan con el beneplácito de los factores de poder, hoy de moda como el “círculo rojo”–, lo saben, y por eso están comprometidos, en el fondo y en las formas, con el gobierno.

Puede ocurrir, en cambio, que el escenario se agrave y se torne crítico, llegando a consumir la credibilidad del propio justicialismo.  Si se falsara la tesis tradicional de que sólo el peronismo puede garantizar la gobernabilidad en tiempos de crisis, se haría necesaria una alternativa ideológica, con lo que crecen las chances de la oposición.  En este caso Macri, que hoy aparece lejos del gobernador y el tigrense en las encuestas, puede hacer valer el hecho de haberse mantenido en los últimos años como el principal referente de la oposición al gobierno.

One Comment

  1. Si bien, al analizar estos contenidos uno cuenta con el diario del lunes – léase reportaje de Rial a la Sra. – ha quedado en evidencia que esta Sra. y su difunto marido y, por ende todos sus cercanos seguidores, hacen política desde posiciones de índole personal. Es muy evidente que toman decisiones desde cuán es el odio que personalmente sienten sobre las personas involucradas, dicho lo cual es dable concluir que el componente patológico invalida cualquier razonamiento que pretenda oponerse, circunstancia que deja al país inmerso en un terreno de alto riesgo social y político, ante el cual, los encargados de la institucionalidad toda, deberían hacer sonar las alarmas que están previstas en las leyes.

    En otro orden de cosas, habida cuenta que los encargados de la comercialización de espejitos de colores del pejotismo que eventulamente podría venirse serían Massa y/o Scioli es bueno recordarle a la gente, para que lo tenga muy presente, que los controles de precios en la praxis diaria durante los 70, fueron ejercidos por un tal Roberto Lavagna que hoy por hoy, es el referente estrella de los referidos.

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