Devaluación y después

El impresionante diferencial entre el tipo de cambio oficial y el informal se va ensanchando día a día y llama la atención de todo el mundo. Sólo el gobierno, presa de su propio relato, insiste en minimizar los alcances del problema y caracterizarlo extrañamente como “marginal”, mientras que el resto dirigencia parece no tomar nota de la gravedad de la situación ni acertar a alertar seriamente sobre el problema.

Como la rana que se cuece en el agua que se calienta lentamente, los argentinos parecemos no cobrar dimensión de la gravedad de la situación. El dólar oficial es un entente que sólo existe para el comercio exterior.  O sea los exportadores (que reciben poco más de 5 pesos por dólar, menos retenciones, algo difícil de justificar) y para los importadores (que importan cada vez menos y sólo pueden hacerlo si pasan el filtro de Moreno).

Hace pocos días alguien se animó a alertar sobre la situación (ver aquí y aquí también). Fue Federico Sturzenegger (@fedesturze en Twitter), quien abogó por una devaluación del 40%, diciéndole a todos los argentinos lo que no quieren oir, y olvidando la lección que debieron aprender los radicales después las declaraciones sincericidas que le costaron a Ricardo López Murphy perder la cartera de Ministro de Economía de la Alianza a manos de Machinea.  No importa que después haya intentado aclarar sus ideasel mal ya estaba hecho.

La verdad es que no hay analista serio que crea posible sostener la ficción del tipo de cambio oficial por mucho tiempo más. No está claro si el dólar encontraría su punto de equilibrio en 7, 8, 10 o 15 pesos –es imposible saberlo porque Gobierno ha decidido que el Banco Central siga financiando al Tesoro, como único resorte para poder sostener la ficción de políticas “heterodoxas”–. Lo que está claro es que pisarlo en su nivel actual es una distorsión severísima que golpea fuertemente a la economía real, a niveles similares o peores que los de la denostada Convertibilidad.

El problema es grave porque –y aquí el error inicial de Sturzenegger– la devaluación por si sola no resolvería nada y, todavía peor, se trasladaría rápidamente a precios. La vieja metáfora de echar nafta al fuego. Esto es así porque

  • la falta de inversión de los últimos años llevó a una inflación estructural por cuellos de botella e insuficiencia de la oferta (no hay capacidad instalada acorde a la demanda)
  • las políticas de incentivo al consumo retroalimentan el problema
  • la emisión para solventar el déficit también retroalimenta el problema
  • la falta de alternativas de inversión, la historia reciente y la experiencia inmediata empujan a los ahorristas a apostar por el dólar

En este contexto general (y sin una batería de medidas concurrentes en materia de política económica, monetaria y fiscal), el día después de una devaluación sería el de un escenario agravado en los mismos términos que pretendía resolver.

Cada día que pasa se hace más necesario un baño de realismo, como venimos señalando hace bastante tiempo: abordar conjunta y agresivamente los problemas de la inflación, el tipo de cambio retrasado y los precios y tarifas distorsionados. Nada de esto puede hacerse sin pagar costos políticos, pero el costo de postergar la decisión –como se viene haciendo patente– es alimentar una bomba de tiempo de la que es cada vez más difícil salir.

One Comment

Have your say