El masivo reclamo de un cambio

La expectativa por la marcha del 8N finalmente quedó justificada: fue el acontecimiento político más importante de 2012. Una multitud inusitada (en vano ponerle números) invadió las calles a manifestar su descontento con el gobierno nacional, y lo hizo en todo el país.

La convocatoria circuló por las redes sociales y la expectativa fue reflejada por los medios de comunicación, ahora atentos a estas cosas. Como ya se probó en otras oportunidades, las redes sociales ofrecen una posibilidad de comunicación y coordinación que desborda los canales tradicionales de la organización política.

La gente reventó las calles. A excepción del opositor TN, la TV tardó en reaccionar: los noticieros trataban otros temas, algunos irrelevantes, poniendo de manifiesto su oficialismo más ramplón, en general mejor disimulado. Algunos voceros oficialistas (el inefable D´Elía entre ellos, o la agencia Télam) intentaron por un rato, torpemente, la reacción refleja habitual de relativizar la importancia del hecho.

Comprobada la masividad del acto, el discurso oficial y paraoficial se adaptó, y comenzó a cuestionar la posición social de los manifestantes –ya lo había hecho antes– como lo expresa esta nota de Página12.
Es muy curioso el recurso de cuestionar a la clase media, tradicional fiel que inclina la balanza política en nuestro país. Primer índice de desvarío político.

Mientras tanto, una cronista de 678 se animó a enfrentar e interpelar a la multitud. Lo hizo con una carga de agresividad y una pedantería que anuló el posible impacto positivo que pudo haber transmitido su actitud de “apertura” a la situación. Difícil agregar algo al siempre interesante análisis de Beatriz Sarlo.

Pero el mensaje duro del kircherismo respecto del 8N tomaría forma en el análisis de Aníbal Fernández. Para él “no está claro” el mensaje de la protesta, “no se sabe qué quieren” quienes protestan, ya que no tienen “comunidad de ideas” ni “unidad de concepción”. El reclamo está presente en una derrapada alla Fito –sin su carga de agresividad– del actor Mex Urtizberea, que también le exige a la multitud que diga qué quiere y cómo se hace.

La verdad es que los Estados democráticos modernos subsidian a su dirigencia (partidos políticos, funcionarios, representantes) precisamente para que hagan eso que Mex le reclama, erróneamente, a la gente de a pie. Las respuestas las tiene que dar la dirigencia, y en primer lugar el gobierno. Por eso, bien leído, el reclamo de Aníbal es un adelanto de la actitud gubernamental de desprecio por el malestar que generan sus políticas, que quedaría claro luego en el discurso de la presidenta.

No mencionó directamente la marcha del 8N, pero lo cierto es que Cristina debió asumir en primera persona una respuesta, dada la inédita magnitud del reclamo. La presidenta se sintió interpelada por la marcha, pero lamentablemente, volvió a aplicar la vieja receta kircherista de doblar la apuesta. En un deshilachado discurso de casi una hora, sostuvo

  • Que ocurren cosas importantes en el mundo, como la elección de los líderes estadounidense y chino
  • Que la manifestación tiene origen en la manipulación mediática, que ejerce un “dominio cultural”
  • Que la oposición no acierta a expresar el descontento y ella, líder de otro proyecto, no puede hacerse cargo de esto
  • Que los manifestantes están “contra la Asignación Universal por Hijo que impide contratar empleadas por chauchas y palitos
  • Que “tanto lío es por el turismo y los viajes

Cristina ignora así la importancia de la protesta, ofende la inteligencia de los participantes al presentarlos como torpes títeres de Clarín y nostálgicos de los 90, y yerra el blanco de su crítica al asimilarlos a su oposición política –que precisamente no ha podido expresar este descontento– y dando motivos a un mayor malestar, pues ella es, y debiera actuar como, la presidenta de todos. Segundo y cargado índice de desvarío político del gobierno.

Lo cierto es que la bronca de la ciudadanía, expresada pacífica y tranquilamente, es una tremenda llamada de atención sobre el curso del tercer gobierno kirchnerista. Ante todo para el gobierno, que debería tomar nota y cambiar su estilo y su agenda para recomponer lazos con la sociedad. Pero también para la oposición, que se vió completamente desbordada por el 8N y, frente a un gobierno que previsiblemente “profundiza el modelo”, no acierta a ofrecer una alternativa de participación y organización política que trascienda lo meramente episódico.

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