El mito de la militancia camporista

Existe una mitología que asocia a los jóvenes de La Cámpora con una mística militante envidiable, una organización eficaz, un relato convocante y seductor, y una gran capacidad de convocatoria con los jóvenes, al amparo de los recursos que maneja.  La verdad es que La Cámpora no cala tan hondo como quisiera: las elecciones que se realizaron en la Universidad de Buenos Aires este año arrojaron un saldo tremendamente negativo para la agrupación, que no sólo no ganó en ninguna de las 11 facultades donde se eligieron consejeros, sino que además redujo su caudal de votos en la mayoría de los casos.

El pobre desempeño de la agrupación emblema del kirchnerismo en la universidad debería ser un llamado de atención para el propio gobierno, que vuelca cuantiosos recursos a la “militancia juvenil”, y obtiene tan magros resultados.  Pero sobre todo debería servir para desmitificar el poder de convocatoria genuino de La Cámpora.  La significación política “camporista” está lejos de apoyarse sobre bases de militancia y representación; por el contrario, es un poder dentro del poder que se sostiene en la justa medida en que tiene mucho para repartir.

El desafío de la organización política tiene como cimiento la capacidad de interpelación, y el discurso kirchnerista la ha ido perdiendo, en la medida en que crece la contradicción entre su épica reivindicativa de los más humildes, sus prácticas autoritarias y burocráticas en aras de una revolución que nadie visualiza, y una política económica de corte populista y, en esencia, conservador.

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