En la trampa de la inflación

Es divertido este debate entre Rogelio Frigerio e Itaí Hagman:

Es divertido e interesante porque el actual gobierno ha hecho un descubrimiento formidable en materia de economía política. Descubrió que la inflación no es un problema, sino una virtud. Y así sus agencias de propaganda y sus seguidores o simpatizantes desarrollan una batalla cultural para convencernos a todos de ello.

La batalla cultural consiste en vacunarnos contra “el pensamiento hegemónico”, y convencernos de que lo contrario de la inflación son “las políticas neoliberales de los noventa”. Promueve el inverosímil argumento de que todos los demás países del mundo, al combatir la inflación (con éxito), lo hacen “a costa del crecimiento y de las políticas de redistribución del ingreso”. Aplican, a tal efecto, “políticas de ajuste ortodoxo”, que “ya sabemos en Argentina en qué consisten”.

La batalla cultural intenta también convencernos de que la inflación no es consecuencia del aumento desenfrenado de la masa monetaria y de que el Banco Central utilice la emisión para financiar el déficit fiscal. Estos también son argumentos “ortodoxos”. La inflación es fruto de la perversión de “los formadores de precios”, que buscan “superganancias”, “rentas extraordinarias”, etc.

Tampoco la inflación se debe a que el gobierno desaliente la inversión con políticas de precios máximos, tipo de cambio real retrasadísimo, intervencionismo arbitrario y cambios permanentes en las reglas de juego, sino a que los “empresarios cipayos” no quieren invertir, sino que “prefieren aumentar los precios”.

La verdad es que el gobierno no combate la inflación porque le es funcional. Le permite hacer una redistribución del ingreso extraordinaria, sí: a favor del Estado nacional. El aumento de la relación entre el gasto público y el producto bruto es el índice de esta “redistribución”. De esta manera cuenta con crecientes recursos para sus políticas populistas: clientelismo desembozado, subsidios y extorsión política.

La verdad es que la inflación se debe a que el gobierno aplicó durante una década controles de precios, subsidios e intervenciones que desincentivaron sistemáticamente la inversión, particularmente la que tiene plazos de amortización más largos, y paralelamente incentivó el consumo como “motor” de la economía. Esto funcionó mientras duró la capacidad instalada en los denostados años noventa, pero eso se terminó y ahora hay cuellos de botella y escasez en múltiples rubros de la economía -con un caso paradigmático en el sector energético-.

Y el principal problema de la batalla cultural es que el problema de la inflación fue negado y todavía no es reconocido en toda su dimensión. Por eso el sinceramiento necesario se hace más difícil y políticamente costoso. Algo que el gobierno no se puede permitir en un año electoral, por lo que es de prever que el problema se agrave en los próximos meses, montando un dispositivo cada vez más peligroso y del que es cada vez más difícil salir sin mayores dificultades.

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