Ensayo alrededor de los mapuches.

El progresismo argentino tiene una debilidad con las culturas originarias.  Entre sus múltiples, diferentes y muchas veces contradictorias reivindicaciones (desde el feminismo, el ecologismo, el cooperativismo y el multiculturalismo hasta el esoterismo y el budismo), la reivindicación de las culturas originarias (nombre políticamente correcto de lo que antes se conocía como indigenismo) tiene por estos días un lugar destacadísimo.  Y como circula muchísima confusión o perplejidad respecto de todos los asuntos relativos a qué implica o significa ser “pueblo originario”, se me ocurre importante buscar algunas precisiones conceptuales con mi modesto herramental teórico.

Problema 1.  Una primera cuestión es ¿qué determina que un “mapuche” sea “mapuche” y no “medio mapuche”, “mestizo”, etc.?  Pareciera que el progresismo entra aquí en una de sus típicas aporías, porque el racismo es políticamente incorrecto, o bien hay un racismo bueno y un racismo malo.  Pero en definitiva supongamos que el hecho objetivo de que corra más o menos sangre “mapuche” por sus venas, mezclada con más o menos sangre “española” o “sueca” por caso (o “aria” o “sajona” o “africana” o “inca” o “judía”) pareciera tener menos significación política o institucional que la mera decisión de un grupo de personas de arrogarse esa presunta, o probable (pero siempre laxa), comunidad de origen étnico, y de autodenominarse “mapuches”.

 

Problema 2.  Un segundo problema que surge de éste es ¿quiénes son “mapuches” y quiénes no lo son?  ¿Quién lo decide?  ¿Ellos mismos?  ¿Los estudiosos (no “mapuches”) de la historia o la antropología o la cultura originaria?  Supongamos que son ellos mismos.  ¿Quiénes entre ellos mismos?  ¿Sus jefes?  ¿Quién tiene el derecho de ser “mapuche” y quién está excluido de ese derecho?  ¿Y qué andamiaje institucional sustenta estos derechos?

Excurso 1.  La teoría social sabe hace tiempo que las identidades nacionales son una ficción proyectada hacia el pasado, un invento de la cultura occidental moderna.  Más en particular, se sabe que la nación es una ficción articulada por ciertas elites políticas, esencialmente anacrónica, casi siempre plagada de falsedades, errores y mentiras, enunciada como relato más o menos épico y dictada de arriba hacia abajo, que opera en el nivel de las masas a través del sistema educativo, las instituciones políticas y los dispositivos comunicación social, de la mano de otra forma cultural occidental moderna omnipresente: el romanticismo.  Mal que le pese al progresismo, la vocación de la izquierda genuina, internacionalista y proletaria, padeció siempre las divisiones internas producidas por las diversas formas de nacionalismo hasta llegar al militarismo.

En particular los estados nacionales modernos reconocen desde siempre una tensión intrínseca, que fue muy estudiada en los últimos cincuenta años, entre su aspecto universalista, las formas de su institucionalidad liberal clásica, y su momento particularista, el contenido cultural autóctono, romántico, de corte tradicionalista y nacionalista.

Todos los derechos y garantías consagradas por los órdenes jurídicos de nuestros estados liberales, empezando por los derechos humanos esenciales, pasando por la institución de la propiedad privada hasta llegar a las construcciones más sofisticadas como los derechos laborales o de las minorías, etc., son un edificio normativo por definición universalista, que suele entrar en conflicto con las reivindicaciones más particularistas.  Formas típicas de este conflicto son los debates suscitados alrededor de asuntos como el carácter exclusivo de los beneficios de ciudadanía, el tratamiento de los extranjeros, o las limitaciones a las objeciones de conciencia religiosas.

El respeto por la decisión de un grupo de personas de autocaracterizarse como “descendientes de mapuches” o “mapuches” sin más, independientemente de la posición ética de cada uno, es ante todo una política de Estado en Argentina, que emana (es obvio decirlo) de la participación de todos los argentinos en esa forma estatal (liberal, republicana, democrática, representativa etc.) compartida.  Una primera definición entonces es que la única garantía institucional de que la vocación “mapuche” de los “mapuches” sea respetada como tal, es el Estado argentino.

Problema 3.  Constituye un tercer problema que el Estado argentino que consagró con rango constitucional en 1994 el reconocimiento de los pueblos originarios como una particularidad con determinados derechos, es el mismo Estado que ordenó y realizó en el pasado la guerra contra los indios y la Conquista del Desierto.  Esto es un problema porque la posición política reivindicativa actual de quienes se consideran “mapuches” tiene como referencia ineludible el suceso histórico oprobioso de la Conquista.  Esta reivindicación puede ser

  1. moderada, en los casos en que la identidad “mapuche” sea secundaria respecto de la ciudadanía argentina y el respeto de las instituciones del Estado, o bien
  2. extrema, en los casos en que la identidad “mapuche” se postule como anterior o contradictoria con la ciudadanía y el respeto de las instituciones, y se conciba como subversiva o revolucionaria.

Vale preguntarse: ¿es primaria o secundaria respecto de la ciudadanía argentina la identidad “mapuche”?

Problema 4.  En este punto parece apropiado preguntar ¿hasta dónde llega y qué implica esta identidad “mapuche”?  ¿Puede ser que en el camino de la reivindicación “mapuche” ella comience siendo moderada y aspire más tarde a ser extrema?  Es decir: que se proponga en definitiva abolir el Estado argentino (el cual primero efectuó la conquista y luego, culposo, reconoció determinados derechos), e instaurar un Estado “mapuche” en determinada parte de su territorio.  ¿Puede considerarse legítima esta aspiración?  ¿Tiene el Estado argentino alguna obligación de respetarla como parte de los derechos “mapuches”?

Problema 5. Por otra parte ¿qué aspectos de la “cultura mapuche” se reivindican?  Supongamos algunos: su derecho originario a vivir en sus tierras ancestrales, a administrar sus economías con sus formas tradicionales y criar a sus animales típicos, a practicar sus religiones ancestrales, a curar sus enfermedades según su propia medicina ancestral y sagrada, a practicar sus rituales, definir sus formas de organización social y elegir sus jefes según sus tradiciones, etc.  Cada uno de estos aspectos está plagado de problemas y aporías, que van desde las más elementales hasta las ridículas.

  1. ¿Cuáles son sus tierras ancestrales “mapuches”? ¿Y qué prerrogativa existe respecto de la propiedad de esas tierras frente a la propiedad instituida por el Estado que le reconoce ese derecho, cuyo titular es eventualmente un “no-mapuche”?  ¿Por qué el derecho apunta a determinadas tierras y no otras?  ¿O incluye acaso todas las tierras de la Patagonia?
  2. ¿Cuál es la forma de la economía tradicional “mapuche”? ¿Cuáles son los animales típicos “mapuches” y cuáles no?  Las vacas o los caballos “europeos” ¿son o no son objeto de tradiciones “mapuches”?  ¿O sólo será tradicional la cacería del guanaco?  ¿Y qué forma de explotación ganadera es tradicional “mapuche”?  ¿Existe el dinero “mapuche”?  ¿Es para esta cultura tolerable el dinero argentino como medio de intercambio? etc.  ¿Dónde terminan las prácticas tradicionales “mapuches” y empieza la enajenación cultural a formas extrañas?  ¿En la rueda, en el trabajo artesanal del hierro, en la agricultura extensiva, en la minería tradicional, en el sistema capitalista o en la tecnología genética?
  3. ¿Cómo se organiza la vida política y religiosa “mapuche”? ¿Hay separación entre religiosidad y Estado?  ¿De dónde emana el poder político de sus jefes?
  4. ¿Tiene la obligación un “mapuche” de sólo aceptar medicinas “mapuches”? ¿Le permiten sus creencias apelar a las prácticas medicinales o incluso de higiene personal ajenas a su cultura y tradiciones?
  5. ¿Se respetan los derechos de las minorías “mapuches” en la organización institucional “mapuche”? ¿Una mujer “mapuche” tiene derecho a reivindicaciones de género?  ¿Es tolerado un homosexual “mapuche”?

Problema 6.  El hecho histórico de la conquista de los “mapuches” por los “criollos” o por el Estado argentino está inscripto en una coyuntura histórica en que las guerras eran parte de la vida cotidiana.  Pero en el caso de los “mapuches”, mucho más que de otros pueblos originarios de nuestras latitudes, se sabe que la guerra era constitutiva de su modo de vida, y su historia una historia de guerras, saqueos, violaciones, extorsiones, secuestros, rescates, etc.  Siendo la cultura “mapuche” una cultura guerrera ¿tienen el derecho los “mapuches” de guerrear entre sí o de hacerle la guerra a ciudadanos argentinos “no-mapuches” o incluso al Estado argentino?  Supongamos que se arrogan ese derecho ¿pueden apelar a que el Estado que le hace la guerra respete los derechos que ese mismo Estado le reconoce como parte de sí?

Tesis provisorias.  Es importante recorrer todos estos problemas de la reivindicación identitaria “mapuche” para tratar de ordenar los términos de la discusión y evitar los bordes absurdos a los que llega el afán progresista en extremar su posición reivindicativa de los derechos de los pueblos originarios.  Establecida esa idea general, me animo a postular algunas tesis provisorias sobre el problema “mapuche” en general.

  1. En todo lo referente a asuntos políticos e institucionales, la identidad “mapuche” puede ser reivindicada únicamente dentro de los términos acotados en que el Estado argentino la reconoce. No puede ponerse por encima de la institucionalidad estatal argentina.
  2. El problema “mapuche” coexiste y está muy relacionado con los problemas socioeconómicos y en particular el atraso y la pobreza del interior del país o, más específicamente, su subdesarrollo crónico. La pobreza y la miseria, las carencias de acceso a los elementales bienes públicos (educación, salud) van de la mano de la escasísima tasa de capitalización, productividad y nivel de desarrollo relativo de la actividad económica en amplísimas regiones de la Patagonia argentina.
  3. No hace falta postular en el extremo que la reconstrucción de la identidad de las culturas originarias sea un negocio de algunos “avivados” (al respecto ver el programa de Lanata). Antes que eso, puede ser una salida, una alternativa para algunas personas o familias que padecen pobreza, miseria y marginalidad social en virtud del subdesarrollo patagónico, y que encuentran en los derechos de los pueblos originarios un mecanismo diferenciado de protección social.
  4. La posición ideológica pseudo revolucionaria de algunos “mapuches” como Jones Huala merece desprecio o conmiseración, por irrelevante políticamente, y torpe e inconsistente teóricamente. Estas posiciones ridículas sólo cobran relevancia por la inveterada tolerancia y hasta solidaridad del progresismo argentino con las causas que evalúa políticamente correctas o románticas.
  5. Las acciones violentas de grupos como RAM sólo son susceptibles del tratamiento ordinario de las fuerzas de seguridad del Estado contra cualquier acción violenta, sea “mapuche”, futbolística o delictiva común. Su carácter presuntamente “revolucionario” es una fantasía, una proyección fantasmal en la que incurren tanto el progresismo cuanto la derecha argentina (que no por casualidad coinciden en este punto), y también una forma de profecía autocumplida en la medida en que confiere a estos grupos una entidad política de la que carecen.

Excurso necesario.  La desaparición de Santiago Maldonado es un problema independiente de su pertenencia o simpatía por la comunidad “mapuche” o el RAM, y el Estado argentino tiene la obligación de encuadrar su persona y su accionar respecto de su persona en pie de igualdad (es obvio decirlo) con cualquier otro ciudadano argentino.  En lo inmediato, el Estado tiene la obligación de encontrar a Santiago Maldonado y aclarar las circunstancias de su desaparición.  El desprecio que merece la utilización política de su desaparición y la manipulación ideológica alrededor de la idea del “desaparecido” no exime sino que concurre a la obligación del Estado a encontrarlo y responder por ello.

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