Frondizi a través de la grieta

El 23 de febrero se cumplieron 60 años del triunfo electoral de Frondizi.  El resultado surgió de una política de apertura y diálogo con el peronismo que el propio Frondizi y Rogelio Frigerio diseñaron y ejecutaron, desafiando el marco del revanchismo entre peronistas y antiperonistas que siguió a la Revolución Libertadora.  Esta posición fue un pecado original que condicionó todo su gobierno, fue incomprendida y criticada incluso por sus partidarios, y en gran medida determinó y excusó el golpe militar que lo derrocó antes de cumplir cuatro años.

Frondizi obtuvo el 45% de los votos, contra un 29% de Balbín y un 9% de votos en blanco.  Votó más del 90% del padrón, record inigualado en nuestra historia, indicio de la formidable politización de la sociedad.  El votoblanquismo había sido la estrategia original de resistencia del peronismo proscripto desde 1955, y había “ganado” las elecciones anteriores, las Constituyentes de 1957, en las que la UCR del Pueblo (balbinismo) obtuvo la primera minoría (24%) por sobre el partido de Frondizi, la UCR Intransigente (21%).

¿Qué había que hacer con el peronismo?  El fracaso de la UCRI en ese “recuento globular” de 1957 había desmoralizado a muchos intransigentes, que criticaron la posición de apertura, y reivindicaron un antiperonismo claro y llano. Pero Frondizi tenía otros planes.  Frigerio viajó a Caracas primero y a Ciudad Trujillo después y articuló con Perón los términos de un acuerdo electoral, pero sobre todo político.

“El pacto” fue objeto de múltiples especulaciones, y le valió a Frondizi ser caracterizado como maquiavélico o ambiguo por historiadores y biógrafos.  La verdad es que adoptar una postura seria, madura y realista respecto de Perón era lo que correspondía a su posición y su estatura política.  Sin dudas no se hacía ilusiones respecto de Perón, en particular de sus personeros locales, pero sabía que la actitud gorila del balbinismo, alineada con el partido militar, aunque fuese cómoda, era equivocada.

Nuestra actual “grieta” tiene el mismo principio.  En materia política, alentar las contradicciones de la sociedad, caracterizar al “enemigo”, demonizarlo y adjudicarle los males, simplifica y ordena el mapa de actores.  En cambio, reconocer al otro como un igual, con intereses legítimos y atendibles, parece concesivo o tibio.  Con la excepción de Frondizi, la socialdemocracia argentina fue tradicionalmente gorila.  Y el peronismo también alimentó el gorilismo.  La “resistencia” peronista, que durante el gobierno desarrollista tomó forma armada y protagonizó atentados terroristas incluso con víctimas, incurrió en provocaciones que terminaron sirviendo de justificativo para el golpe de Estado.  Frondizi, que soportó huelgas, atentados e intentos de golpe permanentemente, intentó siempre encontrar la delgada línea para el entendimiento entre los actores en pugna, que hiciera posible sostener el frágil orden constitucional y desenvolver su programa de desarrollo económico.

El programa desarrollista requería ofrecer seguridad jurídica y estabilidad acordes a la necesidad imperiosa de inversiones masivas en los sectores estratégicos.  Tal vez uno de los rasgos del desarrollismo haya sido su vocación por atraer y domesticar ese esquivo animal que es la inversión, que en Argentina parece mitológico.  Y no es casual, porque las tensiones políticas, los enfrentamientos, pueden ofrecer grandes oportunidades de negocios en el corto plazo (con alto riesgo), pero son incompatibles con los proyectos de inversión importantes, esos que hacen la diferencia en términos de desarrollo y que tienen plazos largos de amortización.  Por eso, aunque en los últimos 60 años hubo varios ciclos de crecimiento, son raros los momentos en que hubo genuina capitalización de la economía.  Porque en general la política huyó hacia delante, ocupada sólo en el corto plazo y atendiendo reivindicaciones o expectativas inmediatas, desdentendiéndose de la responsabilidad por el futuro.

Como muchas veces señalaron Frondizi y Frigerio, el interés nacional es la coincidencia de los diferentes sectores en enmarcar sus reivindicaciones particulares en un proceso de desarrollo que los abarque y contenga.  La dirigencia política, pero también la sectorial, tiene la responsabilidad de comprometerse en esa coincidencia, definir sus términos y prioridades y luego respetar sus plazos, que necesariamente no son inmediatos y pueden generar ansiedad.  Ojalá este modelo, por tantos años ignorado, pueda iluminar a la Argentina de hoy.

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