Hacia octubre

Si hay que sintetizar el resultado de la elección PASO del 9 de agosto pasado, corresponde apuntar: el final está abierto.  Scioli hizo una muy buena elección, pero no pudo despejar las dudas sobre su aptitud para ganar en primera vuelta, desnudó una performance por debajo de lo esperado en la Provincia de Buenos Aires y se expone a un difícil ballotage.  Macri tiene con qué envalentonarse, sobre todo por la excelente elección de Vidal, pero la falta de alianzas fuertes y presencia propia en el interior le restó mucho a su resultado global.  Massa, por su parte, superó las expectativas con un muy buen tercer puesto, aunque aparece lejos de la pelea por entrar a la eventual segunda vuelta.  Es una incógnita de crucial importancia cómo se comportarán los votantes de Massa, si sostendrán a su candidato o se inclinarán hacia una polarización entre los candidatos de Cambiemos y del Frente para la Victoria.

Resulta vana, en este punto, la especulación sobre la ausencia de discusión de ideas y proyectos, que el progresismo bienpensante le reclama a la política nacional.  Los postulantes llegan a los comicios de octubre con perfiles claramente definidos en la subjetividad de los electores.  Se sabe lo que representan, se conocen sus fortalezas y debilidades y se perciben claramente las diferencias de estilo de cada uno.  En contraste con otras oportunidades, se trata de tres candidatos con fuertes perfiles ejecutivos y de gestión.  No tienen que explicar nada porque ya se les conoce el perfil.

Tampoco es válida la búsqueda de una caracterización ideológica, que aparece siempre como un recurso para intentar explicaciones, por cierto maniqueas, sobre la estructura de posicionamiento político.  Izquierdas y derechas son conceptos claramente insuficientes para entender lo que está pasando.  Incluso populismo y república, otra dicotomía que se podría plantear (la esbozó en su discurso Carrió), también puede quedar a mitad de camino a poco de ahondar en el análisis.  El populismo atraviesa transversal e históricamente la política argentina y ningún candidato parece inmune a su canto de sirena.

A diferencia de las PASO de 2011 –cuando  pese a las expectativas de la oposición y las fantasías del progresismo, el Gobierno revalidó sus títulos sobre la base de una economía en expansión y una altísima imagen presidencial–, estos comicios mostraron un techo bajo bastante difícil de perforar para el oficialismo, y en cambio un piso aceptable y expectante para el principal candidato de la oposición.  Macri deberá moverse con extraordinaria delicadeza para capitalizar su expectante posición.  Scioli, por su parte, tiene la difícil tarea de buscar en algún lado los votos que le faltan para intentar ganar en primera vuelta, ante el riesgo de un difícil enfrentamiento directo que haga realidad la mentada opción duranbarbesca entre “continuidad o cambio”.

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Lejos de las pretensiones institucionalistas de los análisis más voluntaristas o la arbitrariedad candorosa con que el progresismo enjuicia al Gobierno, la cuestión es efectivamente hasta qué punto llega el cansancio de la ciudadanía respecto del kirchnerismo puro, del cual Scioli no parece haber podido tomar la prudente y necesaria –para sus fines– distancia.  Esta pregunta tiene un costado más duro, objetivo, y otro costado más blando, si se quiere institucional o de estilos.  Del lado duro está, por supuesto, la economía, que viene reciclando una crisis de estanflación más o menos coincidente con la implementación del cepo cambiario, y que es la consecuencia necesaria de la vocación populista clásica e intervencionista del gobierno en materia de política económica.  Del lado blando está el vamos por todo en sus diferentes modalidades, con el affaire Nisman como su extremo dantesco, pero materializado en la cotidiana abundancia de prepotencia, brutalidad y tilinguería que derrama cada Cadena Nacional protagonizada por la presidenta, y su pretensión de enseñarnos a todos de qué se tratan la vida y el mundo.

Desde el punto de vista instrumental, parece necesario prestar atención a: 1) el comportamiento del electorado que se volcó por Massa en estas PASO pero que puede replantearse un voto más estratégico en las generales de octubre, 2) el comportamiento de los intendentes del conurbano, frente a la peculiar situación de un candidato indeseado en el Frente para la Victoria (Aníbal), un Solá por debajo de las expectativas y una María Eugenia Vidal sorprendentemente competitiva; y 3) los movimientos de Macri en el sentido de captar votantes tanto del peronismo no kirchnerista (por ejemplo, los votantes de De la Sota o de Solá) tanto cuanto los del progresismo, siempre refractario a apoyar un candidato presuntamente de derechas.

Desde un punto de vista más profundo, cabe plantearse cómo se comportarán los sectores dirigentes de las diferentes fuerzas luego de este recuento globular, la primera encuesta confiable de cara a las generales de octubre.  Esa elite de dirigentes es la que tiene en sus manos, según las decisiones que tome y actitudes que asuma en los próximos días, los realineamientos de fuerzas que den forma al nuevo mapa de poder de la Argentina.

(Este artículo fue publicado en el newsletter semanal de Luis Pico Estrada 7 miradas Nº222).

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