La forma del populismo

Si hubiese que resumir el populismo en una frase, esa sería “el pueblo nunca se equivoca”. Discutimos al respecto por twitter con @PatricioHdez a propósito del hecho de que los formoseños hubiesen reelegido 4 veces con más del 60% de votos a su gobernador Gildo Insfrán. La posición peronista clásica es irreductible: el pueblo no se equivoca. Una posición crítica (la mía) sostendría que, por el contrario, el pueblo puede equivocarse reiteradamente o que, por lo menos, el apoyo popular, incluso por abrumadora mayoría y en reiteradas ocasiones, no garantiza, ni mucho menos, que un gobernante esté haciendo las cosas bien.

El peronismo es propenso a la idealización de lo popular. Lo popular es siempre bueno y sabio, y un buen gobierno implica no sólo interpretar al pueblo, sino “sentirlo”, vivir con él, nutrirse de él, frecuentarlo, etc. Lo contrario sería la posición soberbia del que pretende enseñarle al pueblo cómo debería ser: intelectuales, técnicos, etc.

Personalmente no considero necesario apelar al ejemplo extremo de que Hitler haya sido apoyado vigorosamente por “el pueblo” alemán. Tenemos casos mucho más próximos e igualmente aleccionadores, como el masivo apoyo popular a la burda operación de política interna que fue la invasión a Malvinas en las postrimerías del Proceso, el mismo Proceso que había utilizado el Mundial 78 con el mismo objetivo populista.

Si en la política pueden distinguirse su aspecto agonal (la lucha por el poder) de su aspecto arquitectónico (el desarrollo de políticas públicas), el populismo reduce o somete sistemáticamente el segundo aspecto al primero. La historia del peronismo y su responsabilidad como partido gobernante en la larga crisis argentina es precisamente una muestra de esta reducción populista de la política.

Por supuesto que el apoyo público es importante, y la primera responsabilidad de un gobernante es garantizar la gobernabilidad. Pero la acción política no puede reducirse a proponer lo que el pueblo quiere, sin mediación, como tampoco el gobierno consiste en darle al pueblo lo que quiere. El pueblo puede equivocarse, y lo hace con frecuencia. La tarea política implica tener el coraje de plantear lo que es correcto, incluso cuando el pueblo no lo ve. Plantear lo que es correcto, persuadir al respecto, explicar, convencer, y luego implementarlo, justificando y rindiendo cuentas. En suma: actuar con responsabilidad, que muchas veces no es lo que más reditúa en votos.

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