La tolerancia frente a la corrupción.

La espectacular revelación, en el programa de Jorge Lanata del domingo 14 de abril, de los detalles de las operaciones de lavado de dinero vinculado a la corrupción en el máximo nivel del poder político kirchnernista, no hizo sino agregar elementos (esta vez contundentes) a lo que en los círculos más informados de la sociedad era un secreto a voces: la relación innegable entre el meteórico crecimiento de las fortunas de algunos empresarios multimillonarios y los favores directos del gobierno.

Que la información golpea en el corazón del poder kirchnerista es tan evidente cuanto que Lázaro Báez es acreedor de la familia Kirchner según las propias declaraciones juradas de la presidenta, que el empresario construyó el mausoleo en homenaje al ex presidente en Río Gallegos, o que era su amigo a tal punto que estaba presente en la última cena antes de su muerte. A mostrar los pormenores de este vínculo se dedicó el segundo programa (21 de abril) de Lanata.

Vale la pena detenerse algunos puntos salientes de lo que siguió.

Primero, el mutismo oficial. El oficialismo, por lo general pródigo en comentarios descalificadores o refutaciones ampulosas frente a los cuestionamientos de la oposición, esta vez guardó un significativo silencio. El único reflejo más o menos claro fue la operación de farandulización implementada desde el aparato de propaganda para-oficial, con epicentro en los programas de chismes de América.

Segundo, la inacción de la justicia. Ningún fiscal actuó rápidamente de oficio, los jueces tardaron casi una semana en enviar un modesto allanamiento a la financiera denunciada. Vale preguntarse: ¿no resulta plausible que algún fiscal allanara al menos las casas y oficinas de Lázaro Báez, Elaskar, Fariña y Rossi? El poder judicial aparecía “democratizado” de antemano, en particular en Santa Cruz.

Tercero, la inquietante tolerancia de la sociedad. A la mañana siguiente la vida cotidiana siguió su curso, todo siguió igual. Como si se confirmara que el sol seguiría brillando, la Tierra seguiría girando … y el gobierno seguiría robando, igual que siempre. Dándole la razón al deleznable justificativo del progresismo, para el cual “para enfrentar a las corporaciones hay que tener mucho poder económico”.

Por último, el creciente solipsismo del gobierno. La reacción autocentrada de recluirse en las mismas estrategias de negación de la realidad y “construcción del relato” parece estar rozando un límite peligroso, al mismo tiempo en que se acentúan las tensiones políticas entre los defensores del modelo y su “vamos por todo”, y el resto de la sociedad.

Todo ello en el marco de las crecientes dificultades económicas que enfrenta el Gobierno para continuar con las políticas populistas que son, a la vez, su base de sustentación y su principal sangría de recursos fiscales.

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