La utopía del desarrollo

La revalorización generalizada, medio siglo después, del proyecto desarrollista pensado por Arturo Frondizi y Rogelio Frigerio e implementado durante la corta presidencia de aquél (1958-1962) es curiosa e invita a pensar ¿por qué ocurre?  ¿Qué hay detrás: una reivindicación tardía, un recuerdo nostálgico, o acaso la actualización de la utopía del desarrollo?  Es posible que todo eso al mismo tiempo.

La perspectiva histórica permite contrastar mejor los ciclos políticos, y en ese sentido, el período desarrollista destaca por el volumen y audacia de su proyecto y la determinación y valentía con que fue llevado adelante, en un contexto de franca incomprensión.  Que Frondizi o Frigerio hayan sido incomprendidos o adelantados a su tiempo es un lugar común inexacto: eran verdaderamente hombres de su tiempo y, a la vez, políticos con excepcional visión.

En verdad genera admiración recordar a esos hombres que lograron levantar los ojos de la coyuntura y plantearse los problemas estructurales, que atraviesan largos períodos históricos; proyectar soluciones que rompían dramáticamente con ideas generalmente aceptadas (estatismo, reformismo agrario, laica o libre, etc), y decisión, coraje y talento para ejecutarlas.  ¡Cuánta falta nos hacen hoy dirigentes de ese calibre!

Pero la revalorización del desarrollismo reconoce otro motivo.  El desarrollo, esa utopía de los años 50 y 60 del siglo pasado, es reconocido como una asignatura pendiente y un proyecto posible.  Si el desarrollo es posible, ¿cuál es la forma del desarrollismo, la corriente de ideas o el programa que lo proyecta y define?  Más allá de la pregunta sobre los eventuales líderes que lo impulsen, ¿en qué puede consistir la visión propuesta?

Lo primero es la visión del contexto internacional y la idea de la inserción estratégica de Argentina en el mundo.  Cambiar el camino errático de las últimas décadas por una alineación de largo aliento, que de forma manifiesta genere tranquilidad, confianza y seguridad en vecinos y aliados, e invite al capital internacional a invertir en el país.

En segundo término, la recuperación de una institucionalidad sólida y confiable, que ofrezca garantías de igualdad ante la Ley y respeto de la división de poderes.

En tercer lugar, el sentido práctico y el coraje necesarios para eludir los ideologismos y las posturas tradicionales del populismo y el ajuste neoliberal clásicos y resolver los problemas más acuciantes.  Luego de la etapa del populismo kircherista, por cierto que hay que terminar con el intervencionismo estatal, terminar con el déficit y la emisión que alimentan la inflación, estabilizar la moneda y volver al mercado internacional de capitales, todo ello orientado a generar un flujo de inversiones.

En cuarto lugar, en verdad hay que recuperar la capacidad del Estado como provisor de bienes y servicios públicos, en particular su rol rector en materia de asignación de prioridades para el desarrollo.  El gasto público (corriente) debe reducirse y hay que recuperar y orientar la inversión pública y privada en el mismo sentido de una política de desarrollo.  Infraestructura y energía son las dos prioridades excluyentes que, a su vez, son la base de una integración de las economías regionales.

La ciencia y la tecnología, la investigación y su eficaz integración con la realidad productiva son claves en nuestra época.  Deben generarse instancias de innovación articulando eficazmente el mundo académico y la investigación con el mundo de la empresa y, ante todo, fortaleciendo una educación pública de calidad, genuina equiparadora de oportunidades.

Por último, el impulso al desarrollo requiere romper una inercia (espontáneamente no se da el desarrollo), lo que implica una política sistémica, es decir, que las medidas se aborden de manera simultánea, coordinada y agresiva.

¿Hay lugar para un neodesarrollismo en la Argentina actual?  ¿Existe la conciencia en la dirigencia y el reclamo en la sociedad para que un proyecto de estas características se plasme en política efectiva?  Tal vez esa sea la pregunta que nos interpela detrás de la nostalgia y la construcción del mito del desarrollismo.

(*) Esta nota fue publicada en el newsletter de Luis Pico Estrada “7 Miradas”.

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