Las arenas movedizas del progresismo

El debate político argentino transcurre en las alturas de las expresiones de deseo, las buenas intenciones y el deber ser, completamente enajenado de la política real. Ésta, por su parte, resigna toda vocación por el bien público y se reduce a la pura lucha por el poder, ya sea la contienda electoral, ya el control del aparato del Estado. Estos dos planos de lo que genéricamente llamamos política no conviven fácilmente en nuestro país.

El plano del debate público está dominado por el progresismo y la corrección política. Allí todo son ideas bellas con las que no se puede estar en desacuerdo. Allí están la AUH, el salario y las jubilaciones móviles, las paritarias, las políticas ambientales y de género, el diálogo y el consenso, el respeto por las instituciones, el tipo de cambio competitivo, la industria y la producción nacional, la diversificación de la matriz productiva, el emprendedorismo, los proyectos de país y los planes de gobierno.

El plano de la política real, en cambio, está dominado por el pragmatismo y el populismo. Allí lo que vale es el poder, y sus variantes posicionales: el acceso al poder; la lucha sin cuartel por los espacios de poder; el ejercicio desnudo del poder. En términos concretos: el control en acto del Estado y su presupuesto.

Los dos planos parecen antitéticos pero son en realidad complementarios, constituyen las dos caras de una misma moneda. El progresismo sirve como expediente del populismo. La corrección política es la pantalla de legitimación tras la cual transcurre el pragmatismo sin moral de la realpolitik.

El debate real sólo aparece cuando hay un cuestionamiento genuino, profundo del pragmatismo de la inmediatez de que hace gala el populismo. Y lamentablemente, en nuestra historia reciente ese cuestionamiento sólo llega por imperio de la necesidad. Sólo luego de crisis económicas y políticas graves se han conmovido las prácticas mezquinas de la política real. Pero siguen sin plantearse los problemas de fondo.

Si tenemos que caracterizar de algún modo en qué consiste la gran deuda de la elite dirigente para con el país, podemos decir dos cosas. Primero, que sólo las crisis han provocado que los problemas de fondo se encaren de algún modo. Es necesario tropezar con el abismo y empezar a caer para encarar los cambios. Segundo, la ineptitud en las respuestas a la crisis. Y es que en la forma de ataque de la emergencia, en las herramientas que se usan para apagar el incendio, ya se configura el esquema que resultará a mediano plazo.

Por eso los anaqueles de las bibliotecas de las facultades están plagados de “programas” para abordar los problemas argentinos, programas invariablemente utópicos, abstractos. Porque lo que configura el programa concreto de un gobierno es la compatibilización de qué se hace con la emergencia, y qué visión se proyecta a futuro.

El desarrollismo de Frondizi y Frigerio es un ejemplo de ese programa concreto. Porque de todas las crisis se ha salido de un modo u otro. Pero cómo se sale de la crisis no es menor. Ellos tenían la visión de futuro de largo alcance, entendían cuáles eran las determinaciones externas del contexto internacional y la oportunidad del desarrollo, tan bien como el inventario de recursos naturales y humanos con que se contaba, y las obvias restricciones políticas internas.

En todo caso, importa resaltar el rol de elite desarrollista que se formó alrededor de Frondizi y Frigerio, no para hacer un panegírico nostálgico de los viejos líderes, sino para asumir la responsabilidad que cabe a nuestra generación de conformar la elite dirigente que vuelva a plantear los grandes problemas nacionales.

(Esta nota fue publicada en el newsletter de Luis Pico Estrada 7 Miradas Nº 220)

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