Lluvias, tragedia y baja política.

Pasadas algunas horas de ocurrido el terrible temporal que azotó la zona metropolitana, y cuando todavía no se acierta a dimensionar del todo la magnitud del desastre, parece necesario subrayar dos cosas.

Primero, la increíble bajeza de los políticos, periodistas y amanuenses del poder que pretendieron utilizar políticamente la tragedia. Este fue el reflejo apresurado de algunas autoridades nacionales como el secretario Berni o el ministro De Vido, pero más escandalosamente la estrategia de fondo del panfletario 678 y del resto del aparato de comunicación paraoficial, todavía a estas horas en pleno funcionamiento.

Segundo, la comprobación dramática de que, a pesar de que nuestro país lleva una década de crecimiento económico récord, a pesar del agigantamiento del gasto estatal, varios de sus roles básicos como son lamplanificación territorial y una adecuada inversión en infraestructura brillan por su ausencia.

Para pensar mejor lo primero, interesa ver la cronología de los hechos y la dinámica combinada del trabajo de los medios y los movimientos y posicionamiento de los actores políticos.

Al principio (martes), los medios de comunicación se volcaron rápidamente a cubrir lo que tenían más a mano: las inundaciones de los barrios de la Ciudad de Buenos Aires. El resto de la tragedia quedó por el momento en un cono de sombras mediático (un fenómeno comunicacional que valdría la pena analizar detenidamente). Atrás de la noticia, rápidamente el kirchnerismo duro empezó a pegarle a Macri, creyendo que podía obtener un rédito político de un problema circunscripto a la Capital. El propio Berni, De Vido, D´Elía y otros protagonizaron este primer reflejo de baja política, al que ya nos tienen acostumbrados.

Al día siguiente (miércoles) el epicentro de la atención de los medios se trasladó a La Plata. El kirchnerismo duro creyó al principio ser víctima de una operación mediática (D´Elía denunció algo en ese sentido; lo mismo 678 después), pero a medida que crecía el número de muertos y desaparecidos esa idea fue cediendo frente a la realidad. Sergio Berni fue el primero en tragarse sus palabras del día anterior y desde temprano encabezó con solvencia el operativo de auxilio. Pasado el mediodía la Presidenta tomó nota de la magnitud del desastre y visitó también la zona más afectada de La Plata (casualmente el barrio de su madre, y con desafortunados comentarios autoreferenciales y hasta infantiles).

El cambio de actitud del máximo nivel de gobierno no fue asimilado por el aparato de propaganda, que el jueves a la noche sigue martillando sobre las vacaciones de Macri. Simultáneamente ocurre una situación desastrosa en amplios sectores del Gran Buenos Aires. Sólo cuando los medios empezaron a entrevistar a los representantes de organizaciones de la sociedad civil fueron tomando nota de lo que ocurría en diversas localidades del área metropolitana, un listado largo de enumerar pero que no aparecía en las primeras planas ni los portales de noticias, porque el drama platense lo eclipsaba.

Y esto nos lleva al segundo tema, el de la falta de previsión en materia de infraestructura. Aunque se hayan cargado las tintas sobre el gobierno porteño, la verdad es que sólo la Ciudad de Buenos Aires cuenta con un plan hidráulico en ejecución, y estudios y proyectos completos para resolver el problema de las inundaciones. Esto no es mérito de Macri (aunque haya sido el ejecutor de la única obra importante en este sentido en décadas), sino porque, bien que atravesado de muchas falencias, el Estado porteño existe y funciona. Se puede criticar la lentitud de las obras, la cuestión de las prioridades presupuestarias, etc., pero al menos en este caso existen estudios, planificación y ejecución.

Las políticas de achicamiento del Estado de la década del 90, denostada por el kirchnerismo, desmantelaron viejas estructuras estatales y empresas públicas que habían desarrollado amplios trabajos a lo largo de décadas de estudios sobre cuestiones de infraestructura y desarrollo territorial. El kirchnerismo no avanzó un milímetro para recuperar lo perdido ni se preocupó por realizar desarrollos o estudios nuevos, ni qué hablar de ejecutar realmente inversiones.

Al mismo tiempo, la perversa distribución de los recursos públicos y la extorsión fiscal a la que se somete a las provincias en los últimos lustros hizo que la inversión de capital de las jurisdicciones provinciales se mantuviera en niveles igualmente irrisorios o todavía peores que los de la década del 90. La inversión -ahora exclusiva potestad del Estado Nacional- no se manejó con criterios de planificación, sino con criterios políticos extorsivos, orientados a disciplinar a los gobernadores.

Es la ausencia del Estado lo que se pone de manifiesto con estas tragedias, y en última instancia, la misma política de mala calidad que, frente a la desgracia, busca meramente el rédito político. La política reducida a su faz agonal, a la mera lucha por el poder, y los recursos del Estado orientados exclusivamente a ese fin, olvidando o dejando de lado, desidiosamente, irresponsablemente, amoralmente, su faz arquitectónica, la responsabilidad en la provisión de servicios y bienes públicos.

Es importante que como sociedad tomemos nota de estas cosas y exijamos a la clase política lo que es su función central: un Estado serio, previsor, que cumpla con su fin elemental.

Have your say