Lo que deja el cacerolazo

A pesar de que algunos voceros y medios tradicionalmente oficialistas intentaron minimizarla (por ejemplo Artemio López, @lupo55 en twitter, aquí y la tapa de Página 12 casi ignorando el hecho)  ), la marcha del 13/9 fue muy importante y el gobierno no la puede ignorar.

Página 12, en vivo en su portal, minimiza la protesta

Algunos oficialistas, como Horacio González, de Carta Abierta, reconocieron ayer  la significación de la marcha e intentaron abrir una brecha de racionalidad en el relato oficial y su burda negación de problemas evidentes como la inflación o la inseguridad.

Algunos dirigentes antes oficialistas, como Alberto Fernández y Julio Cobos, se enancaron en la importancia de la marcha para renovar sus críticas al gobierno, como pudo verse anoche en el programa de Nelson Castro.

Aparecen también los extremos de antikircherismo visceral, que sirven de esbozo justificativo al oficialismo: “¿Viste?  Son los mismos gorilas reaccionarios de siempre”.  Pero ante la magnitud de la protesta, el reflejo condicionado del kircherismo de reaccionar a las críticas caracterizando a sus emisores de gorilas a sueldo de Magnetto, oligarcas o reaccionarios de la derecha neoliberal, cada vez es más evidentemente insuficiente.

La movilización puso de manifiesto además una fuerte tensión larvada en los últimos años.  La consolidación del antikirchnerismo como expresión política inorgánica y meramente reactiva –al igual que lo fue la aparición y radicalización histórica del antiperonismo–, no son las reacciones perversas de la oligarquía y la derecha reaccionaria, sino el resultado necesario de un estilo de conducción y una práctica política determinada, es decir, responsabilidad, ante todo, del gobierno.

La convocatoria a la protesta se difundió a través de los medios tradicionales, pero también y con mucha insistencia a través de las redes sociales, particularmente Facebook y twitter.  El poder de difusión de Internet no puede, a esta altura, ser discutido.   Pero cabe anotar que las redes sociales y los medios tradicionales sólo son, eventualmente, catalizadores y realimentadores de un fenómeno social más profundo.

La ausencia de una fuerza política que pueda al momento capitalizar este descontento es una prueba más de la crisis de los partidos y la dirigencia tradicionales y, más estructuralmente, la crisis de representación.  Sin embargo, la magnitud de la protesta indica que existe una demanda de representación genuina que por ahora no cristaliza en forma política ni electoral alguna.

Es absurdo culpar a “la oposición” de una insuficiente aptitud para canalizar el descontento social.  Oposición es un concepto de corte parlamentario, no político, por ende no expresa la articulación de voluntades, la definición de objetivos comunes, una identidad y un proyecto determinados.  La construcción de una genuina alternativa política trasciende la mera oposición.

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