Los dilemas de la estabilización

Escuchaba hace unos días a Sergio Berensztein afirmar de manera bastante categórica que el principal problema del próximo gobierno será bajar la inflación, y reflexionar que en las últimas décadas en Argentina hubo dos experiencias exitosas de estabilización, el Plan Austral y el Plan de Convertibilidad, ambas sustentadas en dos requisitos centrales: un fuerte respaldo político, y una gran solvencia técnica en los equipos económicos que las implementaron.

Una inmensa mayoría de los economistas, analistas y políticos argentinos está francamente convencida de que la inflación es el principal problema de nuestra economía, y basan esta convicción en el razonamiento lineal que conecta la inflación de precios con la emisión monetaria, la emisión con el déficit fiscal, el déficit con el gasto público excesivo, y el gasto público con el populismo de los gobiernos.  Este esquema es tan simple y obvio que parece imposible negarlo, pero debiéramos precavernos de considerarlo una explicación suficiente de nuestros problemas.

Hoy que está de moda reírse de Kiciloff por haber negado que la inflación sea un fenómeno monetario, vale la pena anotar que si bien la inflación es ante todo, obviamente, un fenómeno monetario, en muchos casos no se agota en eso.  El viejo Frigerio decía que la inflación argentina es sobre todo un síntoma que indica serios problemas estructurales, relacionados con la baja tasa de capitalización y la baja productividad global de la economía real, considerada concretamente, en el funcionamiento de sus diferentes sectores.  Es como una fiebre, nos decía, que indica otra enfermedad como causa.

Aunque la inflación constituya, por supuesto, un problema en sí mismo, y sus efectos sean muy malos para la economía y para la vida cotidiana de las personas –particularmente de quienes tienen menos recursos para hacerle frente–, no se trata de un problema que pueda resolverse aisladamente, sin abordar el resto de los problemas de la economía argentina, porque en éstos está la usina generadora de inflación.

Diría Frigerio: una economía de bajo nivel de capitalización y baja productividad (subdesarrollada, definía él) genera poca riqueza y se empobrece en términos relativos.  Si además esa economía, con problemas estructurales de oferta, subsidia el consumo, sienta las bases estructurales de la inflación.  No importa si el subsidio al consumo es por la vía de la ampliación de la base monetaria y tasas de interés reales negativas, con dólar barato y tasas positivas, o coexiste con una política monetaria hiper restrictiva; si los subsidios son directos sobre los precios, o más bien indirectos por el lado de los ingresos o el acceso al crédito.  El problema es el descalce entre lo que la sociedad genuinamente produce (no sólo en términos absolutos, sino considerada su productividad, y por tanto, su competitividad), y lo que consume

La receta habitual contra la inflación, que Berensztein considera que fue exitosa en los planes Austral y de Convertibilidad, se estructura casi exclusivamente alrededor de la contracción monetaria y la disciplina fiscal, como si ellas pudieran sostenerse por sí mismas, independientemente del resto del mal funcionamiento económico.  Por supuesto que parece preferible abordar los grandes problemas de la economía en un escenario de confianza, moneda sana y precios controlados, por lo que un “plan de estabilización” luce una buena idea.  Pero la verdad es que a la luz de la experiencia histórica argentina, la estabilización planteada como condición necesaria del abordaje de los problemas de fondo de la economía argentina, termina derivando en políticas económicas mayormente monetaristas, que apostaron, implícita o explícitamente, a que la estabilización fuese una política suficienteTanto el Plan Austral cuanto el Plan de Convertibilidad terminaron muy mal, y algo debieran indicarnos respecto de nuestra confianza en lo exitosa que puede ser la estabilización en sí misma.  El anclaje del valor de la moneda da un respiro por un tiempo, incluso genera una ilusión de riqueza en algunos casos, pero el resto de las variables de la economía sigue su propia evolución, alimenta expectativas devaluatorias y acaba en un golpe de mercado.

La estabilización tiene que ocurrir de manera simultánea y en forma supeditada a un programa de capitalización masiva de la economía, de inversión, que eleve la productividad y la competitividad del país.  Si la estabilización, como tantas veces ocurrió en nuestra historia reciente, al revés, inhibe la capitalización, va larvando el germen de su propia des-estabilización.  Este es el signo común de las políticas monetaristas de anclaje cambiario, ajuste fiscal y rigor impositivo, altas tasas de interés y bicicleta financiera.

El 11 de diciembre de 2019 el gobierno no puede limitarse a un plan de estabilización, a una nueva experiencia monetarista.  Un plan de estas características tampoco estaría en aptitud de generar consenso político.  El desafío del gobierno será lanzar un verdadero plan de capitalización de la economía, y comprometer el consenso político en darle solidez y dinamismo a tal plan.  Porque un proceso sostenido de capitalización requiere que todas las medidas de política económica se orienten a tal fin, que sean agresivas y consistentes, tanto en los planos monetario y cambiario cuanto impositivo, laboral y previsional.

Sólo la mejora de la productividad global de la economía puede funcionar como garantía de estabilidad de la moneda y generar confianza genuina.  Sólo una política de capitalización masiva es una verdadera y eficaz política de estabilización.

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