Oportunidad desaprovechada

Vigencia del desarrollismo.  La experiencia de gobierno desarrollista fue cercenada por un golpe militar.  El impulso transformador de la estructura económica argentina fue extraordinario, pero quedó inconcluso.  Argentina sigue siendo, cinco décadas después, un país con un desarrollo industrial incompleto, cuya matriz es todavía exportadora de materias primas fundamentalmente agrícolas e importadora de insumos industriales, bienes de capital y tecnología.

Exclusión social.  La consecuencia más grave del subdesarrollo es la fragmentación y la exclusión social.  Largos años de crisis argentina han marginado sistemáticamente a amplias franjas de la población del mercado de trabajo, creando bolsones de pobreza estructural cuyo abordaje demanda esfuerzos de política pública cada vez más complejos.

Salarios bajos.  Un país subdesarrollado carece, por definición, de capitales suficientes para movilizar sus factores productivos.  La carencia de capital obliga a remunerarlo mucho, e impide, como contrapartida, remunerar adecuadamente al factor trabajo.  Es, por ende, un país que no puede pagar, en promedio, salarios adecuados.

Crecimiento inorgánico y desintegración.  La falta de desarrollo se manifiesta en la desigualdad social, pero no implica un estancamiento uniforme.  Por el contrario, distintos sectores crecieron mucho en diferentes momentos en las últimas décadas.  El rasgo distintivo del subdesarrollo es la inorganicidad del crecimiento, la falta de integración de los diferentes sectores y rubros de la economía, y las diferentes regiones del país.

Oportunidad extraordinaria.  A diferencia de lo que ocurrió durante la mayor parte del siglo XX, cuando los precios de los productos primarios que exporta nuestro país sufrieron un paulatino deterioro, la demanda de alimentos de los países asiáticos ha provocado en los últimos diez años que los precios de nuestras exportaciones se incrementaran sustancialmente.  Esto, junto con la revolución de la siembra directa, hizo que los ingresos por nuestras exportaciones de granos –en particular de soja– se multiplicaran de manera extraordinaria.

Modelo populista.  Desde 2003 está vigente en Argentina un modelo populista que privilegia el corto plazo por sobre la planificación del desarrollo y el cambio de estructuras.  Aprovecha la bonanza económica para repartir, sin atacar los problemas de fondo de la economía.  Acentúa, por el contrario, la estructura del subdesarrollo.  Privilegia el consumo, pero castiga el ahorro y así desincentiva la inversión que se necesita para poder dar respuesta a ese consumo.   Genera inflación porque no ataca los problemas estructurales de la economía y porque agranda el sector público pero no brinda más ni mejores servicios públicos.  Distorsiona la economía con tarifas subsidiadas y precios políticos y también así desincentiva la inversión.

Un relato mentiroso.  El relato oficial se autoproclama “nacional y popular”, y critica todo lo que no se le identifica como representativo de “los noventa” o “el neoliberalismo”.  Se autodenomina “modelo productivo, de matriz diversificada e inclusión social”, pero es un modelo que carga a la producción con una altísima presión tributaria y desaliento de la inversión, que ha agravado la primarización de la economía y se apoya casi exclusivamente en el precio de la soja, y que lejos de promover la inclusión social, castiga a los que menos tienen con el impuesto más injusto y regresivo que existe: la inflación, problema que por lo demás niega manipulando las estadísticas oficiales.

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