Pasa lo que tenía que pasar

Luego de la devaluación de 2002 y más allá del juicio que merezca la forma en que fue implementada, se configuró  un escenario macroeconómico particular con tipo de cambio alto controlado, precios y salarios deprimidos y contenidos por la recesión, una importante dotación de capacidad productiva ociosa, y un contexto internacional extraordinariamente favorable, con tipo de cambio bajo (y demanda sostenida) en Brasil, bajísimas tasas de interés internacionales y un aumento, sostenido desde entonces, de los precios de las materias primas que nuestro país exporta.

Está contraindicado hacer historia contrafáctica, pero ese momento (2003-2004) con toda probabilidad será recordado por los analistas del futuro como la oportunidad más grande desperdiciada por la elite dirigente Argentina en toda su historia.  Teniendo en cuenta la magnitud del gasto público ejecutado desde ese momento y la extraordinaria disponibilidad de capitales en el mundo, nunca, como entonces, se configuró un escenario tan favorable para sentar las bases del desarrollo nacional ulterior.  La condición de ello era orientar todas las acciones de política pública a atraer capitales y dirigir la inversión pública y privada a sectores estratégicos.

Ocurrió todo lo contrario.  Se llevó adelante una política populista en la más pura acepción del término, cumpliendo con todos los requisitos del populismo de manual: en principio, incentivos al consumo por sobre la inversión, estatismo y retórica nacionalista, proliferación de subsidios de fuerte impacto fiscal y dudosa efectividad, demagogia anticapital y anticorporaciones, alto gasto público y alta presión impositiva incluso de forma regresiva. Cuando empezaron a agotarse los recursos, utilización de la caja previsional; la aceleración primero negada de la inflación, la consecuente apreciación del tipo de cambio y un nuevo castigo a la inversión; la aplicación de controles de precios (reconociendo la inflación negada), y cuando también éstos se mostraron ineficaces, la burda manipulación de las estadísticas y en general el manejo fascista y extorsivo de la información y los medios de comunicación.  Agotados los recursos fiscales genuinos, más emisión y, como corresponde en tal contexto, más inflación.  Todo esto por citar algunos aspectos.

El ciclo coincide con el arribo del kirchnerismo al gobierno y su vocación de reproducir en escala nacional un esquema de manejo del poder que había sido “exitoso” en Santa CruzLa política pública se subordinó a esta voraz vocación por el poder. Dado que el kirchnerismo fue una variante periférica del menemismo “neoliberal” de los años 90, corresponde hacer abstracción de la ideología y de las justificaciones ideológicas de las medidas de política económica tomadas desde 2003.  Por supuesto, por todo lo que estamos describiendo, descartemos de plano que este gobierno haya podido caracterizarse, alguna vez, como “neodesarrollista”.

Después de la aplicación consecuente del modelo populista, lo que está ocurriendo es ni más ni menos que lo que tenía que pasar.  Podía dudarse acerca de cuál sería el factor desencadenante de la crisis largamente larvada, implícita en el planteo básico de la política económica.  Pero no podía dudarse de que, tarde o temprano, se manifestaría como se está manifestando.  La corrección del tipo de cambio es la consecuencia obvia de su apreciación sostenida debido a la inflación y la emisión, mal disimulada por el “cepo” y el desdoblamiento de tipos de cambio.  Así, el ajuste negado en la retórica populista se concreta en los hechos por la vía más perversa, que es la del impacto de la inflación en las economías domésticas.

No se trata ahora (nunca fue el caso) de implementar correcciones parciales.  De hecho el gobierno ensayó todo tipo de parches, blanqueos, presiones y amenazas, controles absurdos, manipulación desembozada, confiscaciones.  Por estos días, volverá a atormentar a los “formadores de precios” e insistirá con el remanido y fracasado recurso de los controles.  De lo que se trató siempre es de devolver racionalidad a la política económica argentina, eliminar las distorsiones, sincerar las variables, recuperar la credibilidad tanto interna como externa.

El gobierno, por supuesto, intenta imponer la idea infantil de que la única alternativa al modelo “nacional y popular” es retroceder al “neoliberalismo de los años 90” y que toda advertencia respecto de la inviabilidad de la política elegida responde a una conspiración de intereses antipopulares.  Es cierto que en multitud de actores hay revanchismo (nadie hizo más que el kirchnerismo para generarlo), pero eso no es argumento para validar o defender un modelo agotado, o la ineptitud de sus responsables.

La crisis del modelo es responsabilidad directa del propio gobierno, que lo impuso y lo sostuvo, pero abarca a amplios sectores de la dirigencia política y sectorial que acompañaron el proceso de manera abierta o disimulada, interesada o cómoda, y casi siempre acrítica.  Incluye, por supuesto, a quienes en los últimos años tomaron cierta distancia y se posicionaron en una línea “crítica” tibia, que “rescata lo positivo del proceso” y pretende cándidamente “reconocer los errores e implementar algunas correcciones”.

Por otro lado, subsiste la idea políticamente correcta de una “oposición unida”, entelequia que no casualmente choca con dificultades de implementación, dado que es en sí misma un error conceptual.  Lo que hace falta es un proyecto político capaz de formular e implementar un modelo alternativo.

Por nuestra parte, quienes hace tiempo señalamos las inconsistencias del modelo, no nos solazamos en la corroboración empírica de nuestras previsiones respecto de su insustentabilidad y eventual crisis.  Intentamos entender dónde está la alternativa genuina y un modelo de desarrollo nacional viable, y ayudar a formularlo, impulsarlo e implementarlo.

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