Populismo: el imperio del corto plazo

El término “políticas de Estado” refiere en general a políticas más o menos estables que debieran permanecer a través de los gobiernos, independientemente de su signo político.  Asumimos que la estabilidad y la continuidad en el tiempo de las políticas públicas  es un rasgo deseable.  Solemos asimilarlas a la visión de largo plazo de un país.

Por otro lado, se sabe que el primer deber de un gobernante es retener o acrecentar su capital político, tal que le permita el ejercicio del poder.  En democracia esto implica seducir al electorado, apuntando a mostrarse resolutivo respecto de las demandas más inmediatas, y satisfacerlas en el menor tiempo posible, para ganar su apoyo.

 

Si imaginamos el fiel de una balanza que indique la atención de los problemas estructurales, de largo plazo, vs. la atención de los problemas más inmediatos, en este último extremo se ubicaría el populismo.  El populismo reduce la política pública a la pura respuesta inmediata.  Comprime y acelera los tiempos, se concentra en aquello que le permite obtener resultados aquí y ahora.  Impulsa el consumo, gasta, emite moneda, brinda planes de asistencia social, etc.

Pero los recursos de la economía son limitados.  Lo que se aplica al corto plazo, se sustrae a la solución de problemas estructurales.  El populismo, en general, se desentiende de los problemas futuros; es en este sentido irresponsable.

Para hacer populismo hacen falta recursos.  En períodos de bonanza se utilizan los recursos disponibles.  Cuando los recursos escasean, se buscan formas de financiamiento alternativo como el endeudamiento, la emisión, los fondos previsionales, o se suspende el proceso de ahorro e inversión, particularmente en infraestructura.  De este modo se van consumiendo las diferentes reservas de la economía.  Se afecta la moneda como reserva de valor.  Se consumen las reservas en divisas.  Se comprometen las jubilaciones futuras.  Se agotan las reservas de gas y petróleo.  Se produce menos electricidad.  Se deteriora la infraestructura, que va quedando obsoleta, y así sucesivamente.

 

En el extremo opuesto de la balanza, están las mentadas políticas de Estado, que miran el largo plazo y cuya implementación lleva mucho tiempo antes de mostrar resultados.  ¿Cuáles son los ejemplos de este tipo de políticas?  La inversión en infraestructura energética y de transporte.  La inversión en educación y formación de capital humano y social.  Los grandes proyectos de inversión.  Los cambios culturales.  El horizonte de estabilidad, confiabilidad y reglas claras, lejos de ser un fin en sí mismo, es la condición de posibilidad de las políticas de largo plazo que avancen en el sentido del desarrollo.

Pareciera que el arte del buen gobierno consistiese en encontrar un término medio entre los extremos de las políticas de largo y corto plazo.  Pero en realidad se trata de adoptar ciertos límites a la propensión al populismo de todo gobierno (su necesidad de mantener y acrecentar el capital político), y respetarlos.  Por un lado se requiere un genuino compromiso de los dirigentes para consensuar cuáles son esas políticas de largo aliento.  Pero también es necesario que la demanda social en este sentido se articule y marque la cancha, exija a la dirigencia esa visión común y ese compromiso.

(Esta nota fue publicada en Infobae el 8 de septiembre de 2015)

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