Primeras impresiones sobre el Papa argentino

La elección de Bergoglio como Papa no sólo es motivo de sorpresa, conmoción, emoción y alegría para los argentinos, ni alcanza exclusivamente al credo católico.  Tampoco es solamente un hecho que augure tiempos nuevos para la Iglesia y la comunidad católica mundial.  Tiene implicancias muy difíciles de sobrestimar para la política interna y exterior de nuestro país.

En la política interna, significa un cachetazo a la soberbia y destemplada posición del oficialismo frente a la Iglesia argentina, por mucho que ahora se pueda intentar disimular.  La improvisada referencia de la presidenta a la elección de Bergoglio no sólo fue una muestra de su ineptitud oratoria (pretendió decirle al Papa lo que tiene que hacer, y trató a los líderes del mundo de pobres infelices); reveló también -desde el tono hasta los gestos- una notoria molestia, como no podía ser de otro modo dado el historial de maltratos prodigados por los Kirchner al ahora Pontífice.  El viaje al Vaticano es un trago amargo, obligado desde el punto de vista del protocolo pero evidentemente incómodo.

Vale señalar que el mensaje y la acción pastoral de Bergoglio desde el Arzobispado de Buenos Aires ha sido de temperanza, diálogo, humildad, cuidado, unidad y amor, frente a la soberbia, el ideologismo tardío, la política de la división y la manipulación desembozada pregonadas y practicadas por el oficialismo.

La violenta reacción del kirchnerismo duro desempolvando ayer viejas y débiles acusaciones contra Bergoglio respecto de qué hizo en los años de plomo, como los tweets del inefable Luis D´Elía, son muestras de la torpeza de un movimiento político que ha perdido contacto con la realidad, sentido de las proporciones y hasta del ridículo.

El primer papa no europeo, el primero jesuita, el primero en reivindicar a Francisco, y la expectativa de una transformación y apertura de la Iglesia ponen a Bergoglio en el centro de la atención mundial, y con toda probabilidad, no por poco tiempo.

Esto también tiene significación y trascendencia en la política exterior argentina, ya que el nuevo Papa acaba de alcanzar, sin dudas, el lugar más destacado para un argentino en toda la historia nacional.  No se trata de tener emblemas o embajadores como Maradona, Messi o la Reina de Holanda, o la propia presidenta con su destemplada, inconexa y en general anacrónica prédica en los foros internacionales.  El cambio de índole de nuestro “representante” en el mundo es extraordinario.

Have your say