Problemas técnicos y problemas políticos.

Con frecuencia distinguimos los aspectos técnicos de los problemas de sus aspectos políticos.  Es habitual escuchar que “la solución a los problemas argentinos es muy fácil, pero su implementación política es imposible o muy difícil”, y luego alguna referencia vaga a la necesidad de una reforma laboral, una reforma tributaria, una reforma previsional, el achicamiento del Estado, el establecimiento de un tipo de cambio alto o de salarios bajos, el fortalecimiento del mercado de capitales, etc.  Tengo el reflejo automático, frente a estas ideas, de pensar que un diseño de política que se presume “técnico” y no contemple las restricciones políticas es un mal diseño, aún desde el punto de vista técnico.

Un problema político es un problema en cuya formulación técnica, y antes que eso en sus determinaciones y categorías, involucra, contempla de manera deliberada los derechos, las expectativas, las prerrogativas, las motivaciones, los propósitos y los intereses de los actores sociales de los que, lo quiera o no, se ocupa.  Y no los contempla en términos puramente teóricos, externos, ajenos, sino tal y como los formulan los actores participantes.  Es importante observar que cuando uno enfoca un problema político puede hacerse cargo o no de todos estos, sus aspectos netamente políticos, y puede hacerse cargo o no de que cada actor con algo de representación, en alguna manera afectado por la cosa, tiene ya algo para decir al respecto.  Claro que si le negamos racionalidad al otro, si lo convertimos de antemano en nada-más-que-un-ladrón, si lo hacemos responsable excluyente de la decadencia argentina, etc. la cosa parece imposible.

Hace muchos años cuando trabajaba con el viejo Frigerio y trataba de aprender los términos de los problemas, ocurrió una anécdota cuyo contenido no recuerdo.  Sólo recuerdo su forma.  Un economista que cada tanto venía a conversar con el Tapir se encerró con él en su despacho a plantearle alguna reflexión sobre, digamos, la tasa de inversión bruta fija en tiempos de la Convertibilidad, y cómo resolver el problema.  El tipo quería explicarle economía a Frigerio.  Es decir: no creo que quisiera presumir con Frigerio, ni que pretendiera iluminarlo con alguna genialidad, pero seguramente quería confirmar con él algún aspecto técnico de la cuestión.  Resuenan en mi memoria los gritos de Frigerio, que en algún punto de la discusión, le decía: ––¡Es un problema político!  ¡Si no entendemos eso, no entendemos nada!

Durante muchos años dudé de que Frigerio tuviese razón.  En el ocaso de su vida, la urgencia por enfocar la inmediatez política lo hacía desdeñar, pensaba yo, por superfluas o lejanas, las dificultades técnicas o la sofisticación de los problemas del desarrollo, que eran tan complejos y que yo consideraba apasionantes.  Durante mucho tiempo, y todavía me pasa, trato de enfocar los aspectos técnicos de los problemas, “los problemas objetivos” como decía él.

Pero cada vez es más evidente para mí que “los problemas objetivos” no existen, o sólo existen en la medida (o más aún de la forma) en que son subjetivamente formulados.  Y el sujeto que los formula es un sujeto político, con su realidad, sus intereses, etc., o bien no importa qué cosa formule.  Que por lo tanto, en la propia formulación de los problemas, o bien tiene que estar contemplado el abanico de problemas políticos inherentes a la cosa, o bien no importa lo que se formule, será parcial, abstracto, y por lo tanto falso.

Cuando la subjetividad técnica se desentiende, consciente o inconscientemente, del contenido político de los problemas políticos al formularlos, esto es, cuando pretende formular problemas de naturaleza política en el terreno puramente técnico (las cosas como son), cae en la trampa de tomar el aparecer de la cosa como la totalidad de la cosa, de pensar que el problema se agota en nuestra formulación (privilegiada, en nuestra mirada) del mismo.  Y nuestra formulación tendrá siempre sólo los términos de nuestra mirada.  Claro que nuestra mirada, si somos atentos y ponemos buena voluntad, puede comprender de manera más o menos adecuada toda la tremenda complejidad de la mirada que el otro tiene de la cosa, de nosotros e incluso de sí mismo en relación con la cosa.  Pero nuestra mirada nunca puede agotar la comprensión total de la cosa, o ser definitivamente verdadera.

La verdad de la política no está en la aproximación sucesiva, esmerada, a los problemas concretos, ni tampoco en el análisis cristalizado, externo, de las relaciones de fuerza.  Si vamos un poco más allá, tampoco está en el consenso al que se arriba, una especie de razón intersubjetiva.  La verdad de la política no puede existir sin (y uno está tentado de decir que está en) la negociación política, esto es, en la participación concreta de los diferentes actores, y de cada actor, en la definición de los términos en los que se plantean los problemas como problemas políticos.

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