Sobre la tinellización

Corrección política. La propensión de los argentinos a abrazar slogan políticamente correctos se corrobora una vez más con la escandalizada indignación que provocó la presencia de los tres principales candidatos presidenciales en el programa televisivo de Marcelo Tinelli. Un coro unánime de almas bellas censuró el hecho y lo caracterizó como sintomático de la decadencia de la política, la farandulización de la dirigencia, etc.

Kirchnerismo. Algunos kirchneristas podrían pretender que del otro lado (del propio) está “el proyecto”, la política real. No es verdad. El gobierno es especialista en puestas en escena permanentes, con cenit en hechos como el velorio de Néstor Kirchner, los festejos del Bicentenario o, más recientemente, el 25 de Mayo y la inauguración (parcial) del Centro Cultural Kirchner en el ex palacio de Correos. Pero cada acto público presidencial es una cuidada puesta en escena, un esmerado artificio, como lo manifiesta nítidamente la preparación de las transmisiones en cadena nacional.  El populismo tiene como uno de sus rasgos constitutivos la escenificación.

Unidad clásica. Se puede arriesgar y sostener la tesis de que en la política clásica, la faz arquitectónica de la política (las políticas públicas, el “qué hacer” desde el poder) estaba fuertemente imbricada con la faz agonal de la política (la lucha por el poder, “cómo” acumular, retener y reproducir poder). Esta imbricación implicaba que la lucha por el poder se manifestaba en, o tenía la forma de, debate y confrontación de propuestas relativas al contenido de la política que se prentedía llevar adelante desde el poder.

Relación fuerte. En la idea clásica (moderna) de representación de intereses sectoriales está implícita esta relación fuerte. Se supone que el representante expresa los intereses del representado en la medida en que, en la lucha política, formula un deber ser particular para la cosa pública, que aspira a (y promete) realizar desde el ejercicio del poder en el caso de conseguirlo.

Ruptura. Las cosas han cambiado sustancialmente. El acceso al poder no depende para nada del debate de ideas sobre la cosa pública (o bien nunca fue así, y siempre nos hicimos ilusiones al respecto). Hoy los mecanismos de seducción del electorado (para ganar elecciones y acceder al poder) claramente no tienen nada que ver que las políticas públicas que eventualmente se implementen. La relación entre ambos términos ahora claramente disociados de la idea de política es realmente débil.

Permeabilidad limitada. Nos cuesta mucho asimilar esta ruptura conceptual, sobre todo porque frente a ella la vulgata liberal clásica parece ingenua, y pareciera que en su lugar se entroniza el cinismo más descarado. Esto no es necesariamente así. Por cierto, a través de diferentes mecanismos el debate sobre las policies permea en las politics, pero lo importante es que no está aquí el núcleo de la interpelación al electorado.

Organización política y liderazgo. Ganar elecciones es un arte que no tiene nada que ver con el arte de gobernar. Ambas exigen técnicas radicalmente diferentes. Al líder político, sin embargo, se le exige que pueda desenvolverse en ambos planos, cada vez más distanciados. Lo mismo ocurre con las organizaciones. Deben enfrentar ambos desafíos. Los códigos, prácticas, supuestos y construcciones teóricas de cada ámbito, como las categorías de análisis que se aplican a su estudio, son muy distintas.

Confusión. Este hiato no implica en sí mismo una dificultad, pero invita a la confusión. Tanto el actor cuanto el analista pueden pretender aplicar conceptos o categorías propias de uno de estos ámbitos al otro, y yerrar completamente. Porque ambas cosas son “política” en determinado sentido. La recomendación cartesiana clásica sobre el atributo de la distinción para hacer que las ideas sean operativas es en este caso más válida que nunca.  Una parte sustancial de la democracia se asienta en que entendamos la diferencia.

Cinismo. El extremo opuesto a la posición liberal ingenua respecto de la política, es el cinismo de quienes creen poder naturalizar el hiato y distender completamente el vínculo. La unilateralidad deriva en la torre de cristal del neoinstitucionalismo por un lado, y el puro pragmatismo de la reproducción del poder desde el poder por el otro. La dirigencia argentina puede ser un caso de estudio de esta forma de cinismo.

[Este artículo fue escrito para 7 Miradas, el newsletter semanal de Luis Pico Estrada.]

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