Una generación de tarados

Que los problemas del país se resuelven con una política seria, decidida, sostenida de atracción de inversiones y radicación masiva de capitales, es la herejía que la intelectualidad argentina no les perdonó a Frondizi y Frigerio.  Esto se desprende de la discusión entre Fontevecchia, Sarlo y González de Perfil de este domingo.

Fontevecchia, que es un tipo brillante, les habla en su idioma a Horacio González y Beatriz Sarlo, quienes curiosamente no interpretan la ironía y se solazan en sus devaneos típicos del intelectual sobredeterminado por sus propias distorsiones ideológicas.  La entrevista invita a pensar seriamente que los males de la Argentina no se deben a otra cosa que a una generación de tarados (donde dice tarados debe leerse: gente con taras mentales, con fuertes condicionamientos ideológicos que les impiden enfocar los problemas de manera más o menos despojada y objetiva).

Se discute, por ejemplo, si es bueno o malo el crecimiento del Estado, la presión tributaria, el intervencionismo en materia de precios y tarifas, los subsidios, etc. sin siquiera aproximarse al planteo tan simple que postulaba el desarrollismo hace cincuenta años:

  • Que el Estado no puede desentenderse de una política de desarrollo; por el contrario, tiene que promoverla, fijar sus prioridades, marcar su ritmo, establecer incentivos, etc. (por eso para los liberales, Frondizi y Frigerio eran “estatistas” y hasta “comunistas”).
  • Que, sin embargo, el Estado debe actuar de forma quirúrgica, puntual; no puede intervenir por doquier porque distorsiona la economía, aleja las inversiones.  En general no debe ser empresario diversificado, sino custodio de los intereses estratégicos del país.  Así una presión tributaria excesiva y un tamaño elefanteásico del Estado son igualmente contrarias a una política de desarrollo (por eso para los populistas, Frondizi y Frigerio fueron “los primeros neoliberales”, Cafiero dixit).

Se discute, también, si es bueno o malo el acuerdo con el FMI, que es la forma velada de discutir sobre si es buena o mala la inversión, sobre si es bueno o malo el capital y, en general, si los empresarios son buenos o malos, o directamente saqueadores del pueblo y especuladores. Se discute sobre la conveniencia de impuestos a las actividades más rentables, se despotrica contra la acumulación de capital, como si ella no fuese el requisito elemental de la inversión.

El desarrollismo, hace cincuenta años nos explicó que el comportamiento del capital no es bueno ni malo, que se cifra en reglas simples de reproducción, y que es rol y responsabilidad del Estado fijar las reglas de juego tales que al capital le convenga invertir y acompañar una política de desarrollo.

Pero en general, Fontevecchia desnuda lo que los intelectuales se resisten a pensar: el problema de la falta de inversiones y, más en general, de una política de crecimiento y desarrollo.  La idea de que en un país subdesarrollado se puede obviar el problema del subdesarrollo y poner por delante un cuestión de redistribución del ingreso es la tara común a todas las formas de populismo del siglo XX en Argentina, y la medida de que es un error acendrado, es que los intelectuales esquiven, nieguen o relativicen esta cuestión.  Entonces se razona melancólicamente sobre los problemas del subdesarrollo como si fuesen una maldición bíblica (y, del mismo modo, se habla de “acuerdos sociales”, “pactos” en torno a la distribución del ingreso, como si de ellos fuera a surgir mágicamente el ingreso que se pretende distribuir).

Pero la cuestión no termina en que la intelectualidad argentina no les haya perdonado nunca a Frondizi y Frigerio enunciar la herejía de que los problemas del país se resuelven con inversiones masivas.  La cuestión es que ni la dirigencia ni la sociedad argentina interpretaron cabalmente nunca este enunciado tan simple.  En ello radica nuestro principal desafío político.

 

2 Comments

  1. Quizás, para que de una vez y para siempre esta intelectualidad de cabotaje – como a quienes abrevan en ella – no denosten más a los Dones (Arturo y Rogelio) y acepten que éstos son más progresistas que ellos, habría que recordarles que Rogelio, militó en la Juventud Comunista y Arturo en el ala más intransigente nacionalista y preclara de Unión Cívica Radical. Si ejercitarán públicamente una mínima porción de honestidad intelectual, la cuestión de fondo quedaría saldada y La Nación renacería nuevamente.

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