YPF: Diez mil millones de desatinos

El 18 de abril de 2012, escribí esta columna en www.unpaisperfecto.blogspot.com.  Vale la pena recordarlo, ahora que sabemos cuánto habremos de pagar por el desatino del gobierno.  Imaginen cuántos problemas energéticos nos habríamos ahorrado si, simplemente, hubiesemos destinado 10.000 millones de dólares, entonces, a capitalizar YPF y ponerla a invertir.  Aquí la nota:

La decisión del gobierno de expropiar YPF tiene muy poco de estratégica. Parece más bien un golpe de neto corte publicitario orientado a influir en lo inmediato en la relación de fuerzas de la política doméstica, que una decisión meditada sobre la cuestión específica del déficit energético en Argentina.

YPF no debió haber sido nunca privatizada por completo. Recuerdo la opinión crítica de Rogelio Frigerio en ese sentido, cuando la misma dirigencia política que hoy reniega de “los noventa” adhería y festejaba en bloque las privatizaciones del gobierno de Menem. Frigerio, acusado de “estatista” por los liberales y de “privatista” por la izquierda, ya desde la década del sesenta promovía que el Estado transfiriese a la gestión privada todas las actividades económicas que fuese posible, en aras de una mayor eficiencia, pero hacía reserva de los sectores estratégicos de la economía. Por eso de YPF decía, en pleno debate privatizador, que debía reestructurarse profundamente, pero mantenerse como una empresa pequeña, ágil y dinámica que sirviera como referente testigo de la actividad petrolera en Argentina. (Vale recordar que Frigerio fue de las pocas voces que se opuso a la desnacionalización del petróleo y la jurisdicción provincial sobre los recursos hidrocarburíferos, que hizo posible que las provincias negociaran sus concesiones cada una por su lado, en condiciones mucho más frágiles que el Estado nacional, privando a éste de la herramienta básica para fijar la política energética).

Frigerio hablaba con autoridad moral. Durante la presidencia de Frondizi, habían protagonizado “la batalla del petróleo”, quenacionalizó las reservas, fortaleció a YPF y triplicó la producción de petróleo en menos de tres años, logrando el autoabastecimiento. Y lo hicieron, lejos de la retórica nacionalista –en realidad enfrentándose a ella– apelando al capital extranjero y logrando récords de inversión nunca antes ni después conocidos por el sector.

La verdadera cuestión estratégica se resume no en la propiedad de la empresa, sino en el problema de la inversión. Este gobierno, que lleva nueve años, nunca se preocupó por la inversión. La receta que repiten como catecúmenos sus integrantes respecto de la importancia de “la demanda agregada” se opone diametralmente a la idea central del desarrollismo, que es la inversión.

El indicador testigo que sirve para analizar la performance de este gobierno al respecto es la inversión extranjera directa. Precisamente el indicador más desfavorable para el país en los últimos años –sobre todo en comparación con el resto de los países de América latina– y que brilla por su ausencia en los aparatosos discursos oficiales.

En este contexto, ¿cómo esperar que YPF no replique la historia reciente de Aerolíneas Argentinas? Pésimo servicio y altísimo impacto fiscal. Pero no hace falta ir tan lejos, pues ya contamos con un caso testigo para imaginar cuán “revolucionaria” puede ser la intervención del Estado en YPF. Al comienzo de la gestión de Néstor Kirchner, se creó ENARSA, una empresa estatal que presuntamente se dedicaría a servir de referencia en el mercado, explorar y explotar nuevos yacimientos. La verdad es que sólo sirvió de pantalla para importar combustibles, jamás perforó un pozo, pero –al igual que Aerolíneas– paga abultados sueldos a su directorio.

El déficit energético argentino se soluciona con inversiones. El Estado no tenía que importar combustibles, tenía que invertir más. Este gobierno no lleva unos meses, dos o tres años en el poder: durante nueve años no hizo nada por resolver la crisis energética, y por el contrario, siempre sostuvo que no había crisis, que no había faltantes de combustible, etc. etc.

La inversión que necesitamos no se logra comprando lo que ya existe, sino invirtiendo más. Cada peso que se gasta en comprar YPF es un peso que se sustrae a la necesaria inversión. Y sólo la retórica nacionalista que ahora parece renacer en tantos corazones inflamados puede evitar ver esta aritmética elemental.

Lo que se necesita para resolver el déficit energético es invertir. Lo que había que hacer con YPF y lo que todavía se está a tiempo de hacer, es contribuir a capitalizarla y ayudarla a invertir en exploración y extracción. Eso puede y debe hacer el Estado, en lugar de importar combustible.

Y como por supuesto que no alcanza con lo que pueda contribuir el Estado (aún suponiendo que no se gastaran miles de millones de dólares en comprar una empresa que ya existe y está operando), es necesario atraer más capitales. Y eso es lo que este gobierno no supo hacer en nueve años y no sabe cómo hacer ahora. Es lo que este gobierno, que se ha cansado de denostar al capital, en realidad no puede hacer, porque en sus genes está inscripto el mandato contrario. El paso de expropiar YPF es un paso más en la larga cadena de acciones que lo único que logran es desalentar la inversión extranjera en Argentina.

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