merchensky 5 junio, 2020

I. Aspectos de la crisis mundial.

La crisis económica global provocada por el confinamiento implementado en todo el mundo para combatir la pandemia del COVID19 está determinada por varios aspectos concurrentes que conviene diferenciar:

  • Una brusca contracción de la utilización del factor trabajo —confinado en sus hogares— y la correspondiente caída de la producción de bienes y servicios, y de los ingresos salariales asociados.
  • Una brusca caída del consumo por las restricciones al comercio y el tránsito, y luego también por la caída de los ingresos salariales.
  • Un brusco cambio de los comportamientos de los agentes económicos, como consecuencia del temor al virus.
  • Un fuerte golpe al espíritu de época, que pone en crisis la relación de las personas con sus planes, objetivos vitales, sus patrones de consumo, sus expectativas y modos de relacionamiento, y promete dejar una huella severa en los comportamientos futuros.

Los tres primeros puntos son estrictamente económicos y explican la profundidad inmediata de la crisis; el tercero y el cuarto nos permiten imaginar y prever la extensión en el tiempo, alcances y profundidad de la crisis, determinada precisamente porque en este proceso hay factores socioculturales que impactan e impactarán en la economía, y que no podemos subestimar.

II. Políticas contra la crisis a nivel mundial.

La salida de la crisis, según han explicado muchos economistas, requiere medidas que contrarresten los procesos enumerados más arriba.  Hay una serie de medidas de coyuntura, monetarias y fiscales, que los diferentes países pusieron rápidamente en marcha, para

  1. Proteger a los que viven al día y necesitan ingreso para consumir.
  2. Proteger a las empresas, las unidades de organización de la economía (el trabajo, la producción, el comercio, el transporte, el consumo, los servicios, etc.).
  3. Proteger los contratos, el modo de interrelación de las empresas

Vale destacar cuán diferente es esta problemática de las empresas y los contratos de, por ejemplo, una guerra o un desastre natural, que destruyen elementos materiales (infraestructura, equipos, edificios, etc.).  Aquí lo que está dañado y en riesgo es el valor intangible de los activos, como consecuencia de los cambios de comportamiento inmediatos y esperados.

Podríamos decir que los países europeos, los modelos de Estados de bienestar, tienden a privilegiar la protección del trabajo, mientras que países como Estados Unidos o modelos más liberales tienden a privilegiar la protección de los contratos.  Esto influyó en la forma concreta de las políticas anticrisis, pero en todos los casos, fue orientada de manera bastante precisa.

Hay un latiguillo que se escucha una y otra vez: que el COVID demuestra la importancia de los Estados y la regulación, que la crisis “no se puede dejar librada al mercado”, etc.  La verdad es que es exactamente al revés.  Si bien los Estados pueden generar marcos de referencia y grandes líneas de acción, la salida de la crisis tendrá como protagonistas excluyentes a las empresas y al mercado como punto de encuentro de las fuerzas productivas y los nuevos comportamientos de los consumidores.

En todos los casos, las empresas son los agentes que interpretan el nuevo status y dinamizan los procesos económicos, y por eso son sujetos de una atención especial por parte de los Estados.  En todos los casos serán las empresas las encargadas de amortiguar el impacto de la crisis, interpretar el nuevo espíritu de época, ajustar su funcionamiento a los nuevos patrones de consumo y proponer los cambios organizativos, los nuevos procesos, los nuevos productos, las nuevas formas de trabajo requeridas para volver a crear riqueza lo más rápidamente posible.  El rol del Estado es brindarles herramientas para posibilitar y acelerar ese proceso.

Los Estados no pueden bajar a la solución puntual de los problemas más concretos de la economía, porque su función es la producción de bienes públicos, cuya racionalidad es netamente política y cuyo alcance es más general.  En la articulación de los esfuerzos para la producción de bienes privados, en la consideración de los aspectos para que esta producción sea eficiente, sólo las empresas privadas, y su relación constitutiva con el mercado y el sistema mercantil de formación de precios, tienen el anclaje de racionalidad económica necesario.

Esta verdad de Perogrullo que la heterodoxia neomarxista o neokeynesiana gusta poner en cuestión en términos teóricos, no debiera ser menoscabada en medio de los debates que genera la crisis.  De cómo se plantee esta cuestión y de cómo se responda a ella depende qué herramientas se utilizan y con qué fines.  Y en última instancia, cuán rápidamente se encuentra el camino para la superación de la crisis.

III. Los problemas previos de la economía argentina

La economía argentina es una economía con serios problemas.  Antes del COVID.  No agrega demasiado decirlo, pero tal vez sea útil explicitar: ¿cuáles son estos problemas?

La crisis del subdesarrollo argentino se puede enfocar de diferentes modos, y probablemente cada enfoque tenga su razonabilidad.  En otra oportunidad me referí a las miradas críticas alternativas, antagónicas, del liberalismo de centro y del progresismo estatista; en qué puntos sus discursos se hacen fuertes, y en qué aspectos sus experiencias hicieron agua.  En todo caso, siempre vuelvo al problema que me gustaría situar en un nivel 0, por debajo de las discusiones entre izquierdas y derechas, entre liberales y estatistas: la raíz de los problemas del subdesarrollo es, la baja tasa de capitalización de la economía argentina, y la ineptitud de la política económica, cualquiera sea su signo, de revertir esta realidad.  El subdesarrollo, tal como es definido históricamente, es la incapacidad de la economía para generar, aplicar y reproducir la capitalización, esto es, la continua y creciente aplicación del excedente que surge del proceso productivo al propio proceso productivo, o dicho de otra manera: la acumulación con destino a la formación de capital.  La baja tasa de capitalización tiene como correlato una baja productividad del trabajo y, por lo tanto, una ineptitud relativa para crear riqueza.

Hay otra serie de problemas en niveles diferentes, que precisamente determinan, provocan, concurren a que no haya formación de capital, acumulación con destino a la inversión y la capitalización.

Históricamente un problema central era la especialización extractiva, primaria, agroexportadora.  La estructura económica agroexportadora era “la estructura del atraso” porque orientaba la inversión (la incipiente capitalización) a reforzar la extracción de recursos naturales y su comercio exterior.  De hecho los grandes esfuerzos de capitalización de la época dorada de la economía argentina, la épica de “los ganados y las mieses” (1880-1940) se dirigieron a la infraestructura de transporte de estos productos: ferrocarriles, puertos, caminos y servicios asociados.

Sitúo en un nivel 1 los temas clásicos que el desarrollismo caracterizó como “los problemas estructurales” de la economía argentina.  Los ubico en un nivel 1 respecto del problema más general de la capitalización porque, bien mirados, son problemas particulares de capitalización, específicos, ordenados de manera tal que tienden a completar la industrialización por sustitución de importaciones (ISI) que se desarrolló de manera más o menos inorgánica a partir de la primera guerra mundial y hasta el final del primer peronismo, digamos. 

El objetivo del programa de cambio de estructuras era evitar que los desequilibrios en la matriz de insumo-producto, la falta de infraestructura, insumos básicos y tecnología, generaran tensiones a la crisis en la balanza de pagos, y a caballo de ellas, crisis fiscales que derivaban en explosiones de inflación, y luego ajustes y recesión.

Los avatares de la economía argentina en los últimos 50 años, y en particular la superestructura institucional que ha sedimentado por intervención de las sucesivas administraciones, con políticas económicas de muy diverso signo (Krieger, Gelbard, Marínez de Hoz, Grinspun, Sourruille, Cavallo, Remes, Lavagna, Boudou, Kicilloff), merecen enfocar la atención en otra serie de problemas que yo ubicaría en un nivel 2.  No se pueden caracterizar como problemas estructurales, y por el contrario son claramente “superestructurales”, pero conforman un sistema que inhibe la formación de capital, y en definitiva la capitalización de la economía argentina. 

Por supuesto, en relación con los problemas definidos como “estructurales”, duros, estos problemas son más bien “blandos”.  Sin embargo, este sistema de desincentivos a la inversión no debe ser subestimado y, muy por el contrario, debería ser estudiado con mucha atención.    Este sistema, cada vez más, sobredetermina la marcha de la economía argentina.  Si en términos generales sabemos que el crecimiento sostenible y el desarrollo dependen de las ganancias de productividad que, en última instancia, surgen de la capitalización de una economía dada, este sistema “superestructural” traba el crecimiento tanto o más que la “estructura agroexportadora”, etc.

Creo que se puede defender que estos problemas de superestructura, de nivel 2, blandos, determinan la fragilidad macroeconómica típica de la economía argentina, como la que conduce a la crisis de 2018 y el colapso definitivo de la experiencia macrista, como así también delicada situación desde la cual la economía argentina arriba a la crisis del COVID.

Baja productividad, alta dependencia del factor trabajo, pero inflexibilidad laboral y altos costos de contingencia; alta presión fiscal, incentivos a la evasión, dolarización y fuga; desincentivo a la externalización de las ganancias formales, desincentivo a la capitalización, y en cambio, incentivo a la explotación extensiva del factor trabajo (preferentemente informal); incentivos al empleo en negro; bajo acceso al crédito, y altísimo costo del financiamiento productivo; preeminencia del descubierto y los mecanismos informales de financiamiento; fuertes regulaciones estatales, permisos, inspecciones, precios máximos, tarifas reguladas, intervencionismo arbitrario, etc. etc.; y esto si entrar los vericuetos de la justicia laboral, la presión de la corporación sindical, etc.  Esta enumeración no pretende ser ordenada ni exhaustiva,  y es la punta de un iceberg de problemas muy cotidianos para los empresarios argentinos. 

Una de las características centrales de que resultan de este tipo de problemas en las empresas argentinas es que, aunque pueden generar mucha utilidad durante la fase ascendente del ciclo —de manera más o menos formal—, se inclinan más a alimentar el circuito de dolarización y fuga que el de inversión y capitalización.  Como resultado de la fuga y la desinversión, tenemos empresas descapitalizadas, malas empresas, y como resultado de la operación de las malas empresas (en virtud del perverso sistema de incentivos que describimos más arriba), tenemos fuga.

Hay que definir claramente qué entendemos por fuga: estrictamente el ahorro que se sustrae al circuito económico y que no se traduce en inversión.  Esta definición incluye las utilidades que se convierten en dólares y se van del país (exportación de capitales o giros de dividendos), y las que meramente se retiran del sistema (atesoramiento de divisas, cajas de seguridad, “colchón”).  Si quisiéramos ampliar la definición, podríamos incluir las diversas formas de consumo suntuario (autos importados de alta gama, mercado del arte o bienes de lujo) y hasta las menos obvias de inversión especulativa (especulación inmobiliaria, desarrollos de lujo).  Es decir, otras formas menos evidentes de desacumulación, o acumulación que se sustrae a la actividad propiamente económica, a la creación de valor.

Esto en el plano de la actividad económica formal, pero hay que señalar también la fuga informal, tanto de las actividades directamente ilícitas (corrupción, contrabando, narcotráfico, etc.) cuanto la manipulación contable de la actividad formal, orientada a la evasión tributaria (“negreo”), que siempre cobra también finalmente la forma de dolarización y fuga.

IV. La crisis del COVID para la economía Argentina

La crisis mundial se combina pues, en Argentina, con elementos anteriores que ya configuraban una crisis local a partir de una serie de problemas propios que databan de mucho antes.  Sobre esta idea de las “comorbilidades”, de la enfermedad anterior que el COVID viene a potenciar, aparecen diferentes interpretaciones.  En el extremo hay dos formas antitéticas de enfocar esa concurrencia de sendos procesos, interno y externo, propio y ajeno, en la crisis argentina, y dos previsiones también antitéticas.

  1. La crisis mundial desdibujará los rasgos particulares de la crisis argentina, porque los subsume y reformula en el marco de un proceso más global, con problemas globales para los cuales el mundo ofrecerá respuestas también globales, con fuerte impacto local, o bien
  2. La crisis mundial agravará los problemas particulares de la economía argentina, los profundizará y potenciará, tornando aun más difícil encontrar una política que permita superar la larga crisis argentina.

Cabe preguntarse también qué mundo emergerá de la crisis.  Aquí también hay dos extremos, porque según dónde pongamos el foco, podemos imaginar que

  1. Todo volverá a ser como antes (en el mundo de la producción y el consumo de bienes y servicios, comercio, transporte, turismo, etc.), a poco que se encuentre un tratamiento o vacuna para el COVID y se vaya derrotando al miedo a los virus y bacterias, o bien
  2. Nada volverá a ser como antes, y el miedo a los virus y bacterias subsistirá en una porción más o menos grande de la población mundial, afectado seriamente los comportamientos y hábitos de consumo, y por ende las ecuaciones económicas de una altísima cantidad de actividades.

Los rasgos específicos de la crisis argentina, particularmente los que englobé en el nivel 2, deberían servirnos para encuadrar la gravedad del impacto de la crisis mundial actual, sus efectos sobre nuestro país, y las dificultades concretas que podemos esperar a la salida de la crisis mundial, que tendremos que enfrentar, y para las cuales convendría ir preparando las herramientas adecuadas de política económica.  No se trata meramente de señalar las “comorbilidades”, sino de caracterizar mejor el proceso y plantear mejor los problemas.

Es muy probable que haya cambios en el contexto mundial, como consecuencia de la fuerte liquidez que los gobiernos de los países centrales han inyectado en sus economías.  Pero no está claro qué impacto tendrá esto en los precios materias primas, la disponibilidad internacional de capitales y su destino, el comportamiento de las economías emergentes.

Mientras tanto, nosotros sí podemos asumir que en Argentina seguiremos arrastrando los problemas típicos, algunos de ellos agravados: alta presión fiscal, regulación y control de precios e incluso amenazas de takeover estatal de empresas, diferentes relatos de demonización del capital y una exigencia genérica de “ser solidarios” que justifica (mal) nuevos impuestos y presión sobre los patrimonios y el capital.

En este contexto los empresarios argentinos tienen que tomar decisiones.  ¿Van a a pensar cómo invertir?  ¿Cómo meter plata en sus empresas, que la AFIP les va a preguntar de dónde la sacaron?  ¿Va a tener la coluntado de apostar a recuperar lentamente algo parecido a la ya mala empresa, llena de problemas estructurales, que tenía antes de la pandemia? ¿Para ganar cuánto, en cuánto tiempo? ¿O por el contrario va a aprovechar para generar quebrantos, buscar liquidez y sacarse de encima viejas contingencias?  Después de esta devastación masiva, pensemos que la vida sigue, entonces, nuevas empresas van a venir a hacer algo sobre las ruinas que deja esta crisis.  ¿Qué significan esas nuevas empresas en términos económicos?  Es decir: por supuesto que algo acontecerá con esas máquinas, con esos mercados, con esos edificios, con esas marcas.  Pero será algo diferente, luego de la destrucción del valor y el quebranto de las actuales empresas.

¿O queremos evitar este proceso?  ¿Estamos dispuestos a discutir cómo encarar los viejos problemas y la actual potenciación que implicó el COVID?  Esta es la posibilidad más concreta que esta crisis nos ofrece a los argentinos.  No se trata de ofrecer una respuesta a aislada a alguno de estos problemas.  No se trata de hablar de alguna panacea como “la estabilidad”, “la confianza” o “la redistribución”, “la responsabilidad empresaria”.  Se trata de abordar simultáneamente TODOS estos problemas, para hacer posible el funcionamiento de las empresas argentinas, sobre la base de la capitalización, la inversión, los aumentos de la productividad para poder crecer.

V. Imaginación y coraje para una formulación nueva política económica

El corazón del problema económico es la aplicación de capital y trabajo para la creación de valor.  Esto es particularmente patente en Argentina, donde la carencia de capital agrava más y más una crisis histórica, secular.

En la década del 60 y posteriores los “cambios estructurales” en el nivel de la estructura económica (la coronación del modelo ISI) se proponían como la forma de hacer posible cerrar el círculo de la acumulación y la capitalización sin desequilibrios de la matriz insumo producto que pusieran periódicamente en jaque el sector externo (modelos Prebisch-Frigerio).  Hoy tenemos que tener claro que sólo una política integral que aborde los “problemas de superestructura” puede hacer posible la acumulación y la capitalización de la economía argentina.

Sólo a partir de enfocar estas cuestiones fundamentales se pueden establecer algunas líneas verticales que también revisten gran importancia.

  • El fortalecimiento de educación pública y privada, no sólo como herramienta igualadora de oportunidades, sino como engranaje de formación de capital humano que haga posible el desarrollo de nuevos activos en la era de la economía del conocimiento.
  • El desarrollo de políticas especiales de promoción de un conjunto de actividades que, por sus características, puedan absorber rápidamente inversiones, capitalizarse rápidamente, elevar rápidamente su productividad, generar mucho valor, competir internacionalmente, estabilizar la balanza de pagos externa aportando dólares genuinos, y traccionar al conjunto de la economía.
  • El desarrollo de otra línea, completamente diferente, de políticas de promoción de actividades mano de obra intensivas, necesariamente de productividad baja y baja competitividad, en aptitud para generar una fuerte oferta de empleo privado de calidad que ayude a cicatrizar el tejido social argentino y recrear el capital social que caracterizó a la Argentina hasta mediados del siglo XX.
  • El desarrollo de la infraestructura de transporte y logística, la inversión en conectividad, fibra óptica y redes.

Los cambios que se vienen parece que serán cambios duraderos en los comportamientos.  Esto no implica necesariamente una crisis dramática, sino una crisis que obliga a una dramática reconversión.  El problema que enfrentan las economías del mundo será, probablemente, un problema de reconversión.

¿Cómo está Argentina preparada para una reconversión?  Cuenta como siempre con el ingenio de los argentinos.  Cuenta con esa aptitud tan propia de nuestro ADN histórico para soportar los golpes.  Pero también tenemos el resto de los problemas que señalamos, de los que muchas veces no nos olvidamos, sino más bien nos hacemos los distraídos.  Particularmente la dirigencia.  O abordamos estos problemas, o las mismas trabas que habían llevado a la crisis de las empresas previa a la pandemia, además de ahora destruir empresas, inhibirán tanto la reconstrucción o reconversión de las empresas, cuanto el surgimiento de las nuevas empresas.  Este es el problema que tenemos que enfocar.

La ciencia política ha estudiado la tendencia de la superestructura a su reproducción.  Cada uno de los factores que traban la capitalización está asociado a intereses muy concretos.  Por eso la formulación general de los problemas tiene que engranar con los intereses afectados por, o comprometidos con, las posibles soluciones a cada uno.

Deja un comentario.

Tu dirección de correo electrónico no será visible. Los campos obligatorios están marcados con *